El gobierno central siempre le ha tenido miedo a Santa Cruz, mucho más que a los países vecinos que le han usurpado extensos territorios al país y lo han enfrentado en cruentas guerras. Lo vigila mejor que a nadie, con policías y militares que descuidan las fronteras, que dejan a los narcos trabajar a sus anchas y a los contrabandistas hacer de las suyas, pero que no dejan que nadie levante cabeza en el departamento, al que tratan como si fuera un enemigo, una colonia, una mula de carga, cuya única finalidad es trabajar para mantener al fracasado estado andinocentrista, cada vez más improductivo e incompetente pero muy efectivo a la hora de controlar el poder a través de mafias parasitarias con gran capacidad de movilización y sin el más mínimo escrúpulo, pues su supervivencia depende precisamente de su conducta siniestra.
Santa Cruz no representa una amenaza militar ni mucho menos, lo del separatismo ha sido la eterna excusa para justificar la declaratoria de guerra constante contra la región y tampoco es que los cruceños tengan la vocación política para disputarle la hegemonía a las élites andinas, aunque en los últimos tiempos, el MAS los obligó a asumir una postura más determinada en este aspecto y el miedo se ha convertido en terror.
Los gobernantes andinos le tienen miedo a la rebeldía de Santa Cruz, a su insobornable defensa de la libertad, a su indomable vocación por crear un espacio más digno y su inconformismo por vivir en un país inviable, al que sostiene pese a la hostilidad de los enemigos del progreso, de los que aman el padecer y consideran parte de la “cultura boliviana” el lamento, la miseria y el atraso.
En el 2019 Santa Cruz dio muestras de lo que es capaz de hacer cuando el abuso de los colonizadores llega a lo intolerable, pues ni siquiera el derecho a la vida estaba garantizado, mucho menos la propiedad, la libertad o la garantía de participación política en el marco democrático, tal como sucede hoy en día, pues Luis Arce sigue la misma consigna de Álvaro García Linera, quien les prohibió a los cruceños hacer otra cosa que nos sea producir con la cabeza gacha, sin reclamar y mucho menos exigirle al régimen lo que le corresponde por su aporte. Se llegó al extremo de que a los cruceños se les prohibía cantar su propio himno, practicar libremente sus creencias y manifestar abiertamente su cultura. Todo, con la anuencia de los que decidieron doblar la cerviz y rendirse ante los que siempre hemos llamado aventureros que han llevado a la deriva a este país.
Lo más triste es que los propios cruceños le tienen miedo a Santa Cruz. No hablamos del ciudadano común, que sobradas muestra ha dado de su valentía y su tenacidad, sino de los líderes que no tienen conciencia de la fuerza de esta región, de lo que es capaz de lograr, no sólo para el bienestar de los habitantes del departamento, sino de todo el país, porque si en esta tierra volvemos a bajar la cabeza, Bolivia no tiene futuro.