SC

Opinión
Incómodas reflexiones de un profesor
Sábado,  10 de Octubre, 2015
Impresiones y pareceres

La abogacía es hasta el día de hoy una de las profesiones más seductoras para los jóvenes bachilleres. Tanto en universidades públicas y privadas abundan postulantes de todos los estratos sociales. Una vez en carrera, los futuros juristas escuchan –desde el primer día de clases– a sus catedráticos resaltar los principios generales del derecho: equidad, libertad, justicia, fraternidad e igualdad. Estos principios suenan bien en los claustros académicos. Pero la práctica cotidiana del estamento de jueces, fiscales y abogados es distinta y contrapuesta a la letra muerta.

Curiosamente ningún profesor de la Carrera de Derecho–que yo recuerde– se atrevió a revelarnos la abismal diferencia entre teoría y praxis. Estos meollos jurídicos entre el “ser” y el “deber ser” lo escuché de un filósofo, ajeno a nuestra alma mater. Una de las características de este profesor consistía en “provocar pedagógicamente al estudiante”, como señalaba con picardía y erudición, citando autores clásicos griegos que he olvidado. Tanto su exposición como sus preguntas tenían la gustosa intención –de parte del intelectual– de incomodar al interlocutor. La tesis sostenida por el catedrático consistía en resaltar la vigencia de la mentalidad conservadora-convencional, refugiada en distintos segmentos de la sociedad, pero con cierta preferencia en los hombres que representan a la Justicia. Según el profesor, estos profesionales se rigen por una cosmovisión paternalista, colectivista e iliberal; su imaginario está sustentado por viejas y muy arraigadas tradiciones que provienen del patriarcalismo indígena precolombino y el autoritarismo ibero-católico.

El filósofo dio a entender que esta herencia se encuentra “cementada” en la mentalidad jurídica. A pesar de las reformas modernizantes de todos los gobiernos con ribetes izquierdistas, derechistas o mezclas ambivalentes, pasaron simplemente como reformas bien intencionadas. El profesor hizo hincapié en resaltar que todos los involucrados con el derecho se rigen por dos códigos de orientación. Por un lado, los códigos informales que son de naturaleza oral, cambiante e irracional, no se aprenden mediante libros, cursos y universidades, sino en la práctica del día a día. La gran ventaja de los códigos informales está en su vigencia obvia y sobreentendida; no requieren de teorías y explicaciones para ser aceptadas y sobretodo obedecidas de forma afectuosa por una gran parte de la población; finalmente, su validez está por encima o más allá de los códigos escritos. Por otro lado, están los códigos formales o derecho positivo. Son sistemas jurídicos codificados racionalmente (código civil, penal, laboral, familia) e interpretados de manera homogénea, sistemática y permanente. Pero ahí reside la paradoja en Bolivia (y varios países latinoamericanos): estos enunciados lógico-racionales quedan contenidos de forma parcial en los legajos de papel plasmados en leyes, resoluciones, decretos.

Una vez concluida la exposición, las reacciones de los oyentes fueron diversas. Algunos creían ser aludidos indirectamente; otros daban razón a la tesis del profesor; los demás soltaron una risa discreta. En todo caso, esa conferencia fue un reflejo crítico de nuestros convencionalismos. De estas reflexiones pasaron muchos años. Ahora en la práctica de nuestra profesión y pesar de estar en tiempos de cambio advertimos con más claridad estas calamidades del Órgano Judicial.

Acerca del autor: Freddy Zárate