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Tecnología
Mirando de abajo
Las reglas del juego
Martes,  15  de Noviembre, 2011

George Steiner, hablando del ajedrez, decía: “Hay momentos mágicos en los que criaturas completamente normales dedicadas a otra cosa, hombres como Lenin o yo mismo, sienten la tentación de renunciar a todo -matrimonio, hipoteca, carrera o Revolución rusa- para pasar días y noches moviendo pequeños objetos tallados arriba y abajo sobre un tablero”. El asunto está en cuando ese mover de piezas se magnifica y el campo donde se juega es un país y se apuesta la supervivencia, en el caso boliviano, de instituciones mal estructuradas que van siendo avasalladas por otras peores.

Allí  la magia se torna en drama, y la estrategia en simple abuso. El jugador enfrente, supuesto rival, opositor, disidente, se retira obligado por la presión insoportable del dueño del tablero, quien, y en contra de las mínimas convenciones de autoestima y protección propia, patea la mesa del evento, rompe los cuadrículos, destruye a martillazos las fichas y cree haber ganado una partida que a pesar suyo sigue discurriendo virtualmente en el aire.

Qué obtiene el gobierno en empecinarse con la carretera del Tipnis. Sabemos que intereses de capitales inimaginables campean por encima de cualquier ilusión ambientalista, y que posiblemente engullan este espacio protegido, el primero de muchos, ya que de inmediato seguirá Madidi, pero eso no impide que se instruya una defensa para recordar que en esto que llamamos democracia representativa existen algunas reglas a seguir. Patear el tablero, arrojar peones y reyes del otro color a un costado, obligar un jaque mate sin haber creado las circunstancias que aten de manos al enemigo, avivan la fertilidad de la desgracia.

De no respetarse los turnos, el ritual pensativo de un combate a muerte pero no violento, altera la básica concepción del juego, e inventa uno nuevo donde si el contrario decide de pronto los peones tendrán la soltura de movimiento de las reinas y las torres actuarán indistintamente de caballos y alfiles. Hablamos entonces de otro ajedrez, no el riguroso y sin embargo cambiante desafío entre inteligencias y personalidades, sino un brutal entretenerse en quien daña y cómo mejor al otro. Uno donde no aparece ya la visión completa de cada pieza, de sus habilidades e inutilidades mas al contrario la incertidumbre del tipo de figura y su capacidad de acción. En el ajedrez se puede prever de una y mil maneras lo que hará el conjunto y/o los elementos singulares. Al otro lado nos rendimos ante la realidad de que no hay enemigo chico y de que el ataque puede llegar por cualquier lado, en un enroque inesperado.

Transformar reglas suele acarrear grandes beneficios. Para eso se hace. Al mismo tiempo sienta bases para la propia debacle Retornamos al principio: que el hecho de no existir ya la tabla por donde se deslizaban las fichas no implica que la partida haya terminado. Las jugadas continúan, impertérritas ante los iracundos destapes de algún participante. Y en condiciones desventajosas para quien se considera vencedor, porque con la ceguera que acarrea consigo la embriaguez de poder viene el desconocimiento de lo que se fragua enfrente. Juan Pedro Aparicio, en unas “incertidumbres” prologares a una antología de cuentos de ajedrez: “Ajedrez y vida, ajedrez y ejércitos en lucha, emparejamientos metafóricos que pretenden darnos una pista que nos ayude a encontrar ese sentido de nuestros actos que el transcurrir del tiempo difumina en rutina”.