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Editorial
Hasta dónde llegará el populismo
Viernes,  11  de Noviembre, 2016

Los que más renegaban del populismo de Donald Trump, ahora están manifestando su deseo de que el nuevo presidente de Estados Unidos sea un verdadero populista, es decir, que se “haga el sueco” con las promesas y amenazas que lanzó durante su campaña, especialmente en lo relacionado a los inmigrantes y las posiciones guerreristas que manifestó durante más de un año. 

La regla número uno del populista es su incitación al odio y a la división y en segundo lugar, está la demagogia, que es mentir e ilusionar a la gente. Afortunadamente, el presidente electo de Estados Unidos en su primer discurso como ganador de las elecciones, se portó de manera radicalmente distinta a la forma que asumió durante la campaña; se mostró conciliador, prometió gobernar para todos los norteamericanos e inmediatamente se desvanecieron algunos temores que había infundido y que se tradujeron en comportamientos negativos de los mercados bursátiles, los mismos que recobraron su energía luego de la intervención del magnate.

Los analistas también han comenzado a morigerar las visiones apocalípticas que habían manifestado antes de la votación. Creen que el populismo de Trump no alcanzará para menoscabar la democracia estadounidense y menos para alterar el estado de derecho, al menos no en la misma dimensión que lo han hecho sus colegas latinoamericanos que suelen vender ilusiones y anunciar revoluciones sociales, pero lo único que trastocan radicalmente es la vigencia de los derechos y garantías constitucionales.

Por eso mismo, el más contento con el triunfo de Trump parece ser el autócrata ruso Vladimir Putin, quien seguramente intentará influir, como lo ha hecho en diversas partes del mundo, para que se imponga en Estados Unidos, el modelo autoritario, abusivo e irrespetuoso de las leyes que parece estar cobrando fuerza en los cinco continentes. Si es verdad que los norteamericanos han perdido hegemonía (por la influencia de China y Rusia), ese sería el camino infalible para que los estadounidenses pierdan el rumbo y se entreguen a la decadencia.

Trump ha prometido devolverle a su pueblo el sitial de liderazgo que tenían en el pasado y la única manera de lograrlo sería con la promoción de los valores democráticos, de la libertad y la tolerancia. Hacer lo contrario sería involucionar y meter al país en el montón. La reacción del gobierno boliviano, que se expresó en términos muy complacientes respecto sobre los recientes resultados electorales, se entiende justamente por el deseo que existe de llevar al mundo por el camino del autoritarismo, peligro que corren varias naciones europeas, donde la ultraderecha y el populismo han estado ganando terreno, de la mano de líderes mucho más estrambóticos y más agresivos que el flamante ganador del norte.

La pregunta de fondo es si Estados Unidos será capaz de tirar por la borda su historia como el país con mayor tradición democrática del planeta. ¿Será capaz un solo hombre de destruir todo lo conseguido ¿será el fin de la historia?

Los que más renegaban del populismo de Donald Trump, ahora están manifestando su deseo de que el nuevo presidente de Estados Unidos sea un verdadero populista, es decir, que se “haga el sueco” con las promesas y amenazas que lanzó durante su campaña, especialmente en lo relacionado a los inmigrantes y las posiciones guerreristas que manifestó durante más de un año. 

La regla número uno del populista es su incitación al odio y a la división y en segundo lugar, está la demagogia, que es mentir e ilusionar a la gente. Afortunadamente, el presidente electo de Estados Unidos en su primer discurso como ganador de las elecciones, se portó de manera radicalmente distinta a la forma que asumió durante la campaña; se mostró conciliador, prometió gobernar para todos los norteamericanos e inmediatamente se desvanecieron algunos temores que había infundido y que se tradujeron en comportamientos negativos de los mercados bursátiles, los mismos que recobraron su energía luego de la intervención del magnate.

Los analistas también han comenzado a morigerar las visiones apocalípticas que habían manifestado antes de la votación. Creen que el populismo de Trump no alcanzará para menoscabar la democracia estadounidense y menos para alterar el estado de derecho, al menos no en la misma dimensión que lo han hecho sus colegas latinoamericanos que suelen vender ilusiones y anunciar revoluciones sociales, pero lo único que trastocan radicalmente es la vigencia de los derechos y garantías constitucionales.

Por eso mismo, el más contento con el triunfo de Trump parece ser el autócrata ruso Vladimir Putin, quien seguramente intentará influir, como lo ha hecho en diversas partes del mundo, para que se imponga en Estados Unidos, el modelo autoritario, abusivo e irrespetuoso de las leyes que parece estar cobrando fuerza en los cinco continentes. Si es verdad que los norteamericanos han perdido hegemonía (por la influencia de China y Rusia), ese sería el camino infalible para que los estadounidenses pierdan el rumbo y se entreguen a la decadencia.

Trump ha prometido devolverle a su pueblo el sitial de liderazgo que tenían en el pasado y la única manera de lograrlo sería con la promoción de los valores democráticos, de la libertad y la tolerancia. Hacer lo contrario sería involucionar y meter al país en el montón. La reacción del gobierno boliviano, que se expresó en términos muy complacientes respecto sobre los recientes resultados electorales, se entiende justamente por el deseo que existe de llevar al mundo por el camino del autoritarismo, peligro que corren varias naciones europeas, donde la ultraderecha y el populismo han estado ganando terreno, de la mano de líderes mucho más estrambóticos y más agresivos que el flamante ganador del norte.

La pregunta de fondo es si Estados Unidos será capaz de tirar por la borda su historia como el país con mayor tradición democrática del planeta. ¿Será capaz un solo hombre de destruir todo lo conseguido ¿será el fin de la historia?

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