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Tribuna
¿De cuál de ellos será la mujer?
Domingo,  10  de Noviembre, 2013

El sabio, humilde y valiente, Benedicto XVI, nos invitó a revisar nuestra fe y, así, fortalecerla. Una de esas verdades, contenidas en el Credo es “la resurrección de los muertos”. Todos los católicos profesamos con los labios ese artículo del credo, pero son pocos los que extraen todo su alcance.

El tema es tocado por Jesús porque se le acercaron los saduceos, pertenecientes a las clases altas de la sociedad, los cuales no creían ni en la resurrección de los muertos ni en la vida eterna. La pregunta de los saduceos, claramente exagerada, pues versa sobre siete hermanos que se casan sucesivamente con la misma mujer y mueren todos sin dejar descendencia, es una trampa que le ponen a Jesús pero él, como siempre, sale airoso.

No hay que tener miedo ante las dificultades de la fe que día a día se nos presentan. El Concilio Vaticano II –todos los católicos estamos llamados en este Año de la Fe a estudiarlo– nos dice: “todos los esfuerzos humanos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del  más allá que surge ineluctablemente del corazón humano” (GS). Así mismo, afirma: “el máximo enigma de la vida humana es la muerte” (GS). Jesús en el santo Evangelio nos advierte como seremos: “serán como ángeles”.

Es importante que sepamos aprovechar el mensaje de las lecturas que nos ofrece la liturgia de la eucaristía. Este domingo, como los subsiguientes de este de año litúrgico, las lecturas apuntan a la escatología, o sea, hacia el final del mundo. Por ello, es muy importante atender a esta reflexión sobre la fe en la resurrección de los muertos y en la vida eterna.

En la primera lectura se nos narra la persecución en tiempos de los Macabeos. El Emperador Antíoco IV intenta seducir y apartar de la religión de Israel a todos los creyentes en el Dios único y volverlos a la religión oficial pagana.

En este pasaje encontramos el valiente ejemplo de una madre con siete hijos que segura por su fe en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, marchó desafiante con sus siete hijos hacia la muerte, el martirio. De ninguna manera pudieron conseguir que se apartara de la fe en el Dios del pueblo de Israel. Lo importante es que se mantuvo firme en la fe, en la Palabra de Dios. La enseñanza está precisamente en la fe que muestra la madre y los siete hijos.

Cristo es el ícono del Padre, nos manifiesta que Dios es amor. Pero Cristo es el maestro que nos conduce hacia la vida eterna. Jesús trajo la plenitud de la revelación. Él nos dice que todos resucitaremos, unos para gloria y otros para ignominia. Unos irán al reino eterno, otros al “fuego eterno”. Esta verdad de fe es de máxima importancia y de trascendental interés puesto que está en juego la felicidad integral de la persona humana, cuerpo y espíritu.

El tema central no es el matrimonio, ni los ángeles –los saduceos no creían en la resurrección– sino la vida futura. ¿Qué va a pasar en la vida futura o eterna con el cuerpo? San Pablo nos enseña en la primera carta a los cristianos de Corinto: “Uno es el resplandor de sol, otro el de luna y otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor. Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos..., se siembra cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales”.

Lo importante es la identidad que cada uno tendrá ante sí mismo y también ante los demás. Va a suceder algo semejante a lo que acontece con el cuerpo de Cristo resucitado. Jesús aparecía y desaparecía. Si bien esa forma de presentarse se prestaba a confusiones llegaban a reconocerle, como el mismo Jesús con quien habían convivido antes de su muerte en Cruz.
La palabra de Dios nos invita a mirar a la vida futura, o sea, hacia el final de nuestro viaje a la vida del cielo. Jesús nos enseña a mirar hacia adelante, porque este mundo, no es nuestra meta. Tampoco el seno materno en el que fuimos concebidos era definitivo, todos, estábamos destinados a dejar esa etapa de la propia existencia.
 

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Jesus-Perez-
Jesus Perez
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