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Editorial
¡Que viva el Carnaval!
Domingo,  10  de Febrero, 2013

Que viva el carnaval! Claro que sí y que viva para siempre, porque es una genuina expresión popular muy propia de la identidad nacional, que además tiene la virtud de generar innumerables actividades comerciales y algo de turismo, una tarea siempre pendiente.

Pero justo ahora, mientras una porción de la población (que no es la mayoría) baila en las calles y disfruta del feriado más prolongado del año, conviene hacer algunas reflexiones sobre este fenómeno  que muy pocos se atreven a analizar por temor a ser malinterpretados o tal vez por no herir los sentimientos de quienes sacralizan la denominada “Fiesta Grande”.

No vamos a cuestionar aquí la vigencia de los tres días de asueto, que para el boliviano común sí es un asunto sagrado, pero sí es urgente considerar el sitial que tiene la fiesta en el inconsciente colectivo de un pueblo que ha ganado fama mundial por bailarín, tanto que es capaz de dejar de lado asuntos de Estado por no interrumpir el jolgorio.

Da la impresión de que los bolivianos son los individuos más alegres del mundo y que los alemanes, por ejemplo, son todos unos tristes y apáticos, cuando en realidad son poseedores de festividades mucho más vistosas, organizadas y atraen mil veces más turismo que todos los carnavales juntos de Bolivia. Lo mismo pasa en Italia, en España o en Trinidad y Tobago, pero ninguno de estos países ensalza tanto el Carnaval como lo hacemos nosotros, al extremo de declararlo el principal patrimonio nacional y dedicarle varios meses del año, porque se equivoca el que piense que la juerga es de apenas tres días.

La cultura de los alemanes y de los otros países citados jamás podría reducirse al brinco, al trago y la mascarita, ellos suelen resaltar la educación, la ciencia, el espíritu de laboriosidad y la inventiva de la gente y obviamente ponen a la fiesta en el lugar que corresponde, como manifestación folklórica, de esparcimiento y catarsis. Y no cabe duda que los bolivianos tenemos mucho para sobresalir, pero no hay quién le dedique el mismo esfuerzo, empeño y voluntad como lo hacen con las actividades carnavalescas. Recientemente la quinua ha sido declarada patrimonio mundial y quién puede dudar del impacto que puede tener este cereal en la alimentación, la economía y el bienestar de los bolivianos, pero nadie ha reventado un solo cohete por semejante acontecimiento.

En Oruro se rasgan las vestiduras y mueven todo el aparato judicial porque alguien señala que el Carnaval es sinónimo de cochinera. Y en Santa Cruz, son las comparsas las que al parecer llevan la batuta de la política regional y son las encargadas de echarle tierra a la causa autonómica y a la lucha por la libertad y la democracia. Es inadmisible que estos grupos, al mejor estilo medieval, sean las responsables de la estructuración político-social de una región que descuida sus intereses por entregarse de lleno a una fiesta que no debería ser mezclada de manera tan irresponsable con los asuntos de Estado.

Santa Cruz tiene muy malas experiencias con procesos políticos que se forjaron, se estructuraron y también fracasaron en los contextos “comparseros”, en los que el “compadrerío” suele imponerse a la “meritocracia”. Insistimos, el Carnaval no debe morir, pero debe vivir en el lugar y la dimensión que le corresponde.

Da la impresión de que los bolivianos son los individuos más alegres del mundo y que los alemanes, por ejemplo, son todos unos tristes y apáticos, cuando en realidad son poseedores de festividades mucho más vistosas, organizadas y atraen mil veces más turismo que todos los carnavales juntos de Bolivia.

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