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El espíritu de las puertas
Martes,  3  de Enero, 2012

En los tiempos actuales hablar del espíritu es referirse a la personalidad o carácter de una persona o, mejor, del vigor natural o fortaleza que alienta a obrar. Los gerentes dirían ánimo, valor, aliento, brío, esfuerzo, vivacidad o ingenio como sinónimo de espíritu. Son otros tiempos, por supuesto, diferentes de aquellos cuando espíritu significaba referirse a un ser espiritual como una deidad, un fantasma o ángel. Se decía también que espíritu vendría a ser la parte racional del alma de una persona. Algunos dioses se conocían como espíritus, tal el caso del dios o espíritu de las puertas: Jano, porque se decía que abría las puertas del futuro y del pasado, del principio y del final.

Resulta interesante saber que la palabra Jano viene del latín ianuarius que evoluciona a janairo, janero, enero. Luego Jano es el nombre del primer mes del año: enero, que también tiene su propia historia. Se dice que cuando estaba vigente el antiguo calendario romano, el año tenía solo diez meses y el primer mes del año era Martius (marzo) en honor al dios de la guerra Marte, porque al principio del año se planificaban las guerras. Enero y Febrero se inventaron para completar el calendario Gregoriano, de doce meses. Con el mes de Enero, al menos, se trataba de representar a las puertas del principio y el final, a las caras del tiempo, la que mira a un lado y a la que permite ver el otro extremo.

En el Año Lunar -es el mismo calendario gregoriano actual- el primer día del mes se denomina Año Nuevo. Es el momento justo para acordarse del año que se va y olvidarse de él de una vez por todas, y pensar de inmediato en el año que llega, en el futuro, en las cosas que vendrán. Esto es tan trascendente que la gente se ha inventado una fiesta para lamentarse por un momento y luego celebrar. Lo dicho, abrir todas las puertas al espíritu del principio y del final. Romper las cosas viejas y soñar con cosas nuevas. Hacerse la promesa de lograrlas. Vida vieja adiós, bienvenida vida nueva. Año nuevo, amor nuevo. Quedaron atrás los tiempos en que se planificaban guerras en enero, celebremos la paz.

En el mundo, se celebra de distinta manera, pero con la misma finalidad. Por la paz, la alegría, prosperidad, buena salud, amor y dinero. En las celebraciones se luce la pirotecnia, y cada vez con una tecnología que asombra y divierte. Cuentan los que saben que en las fiestas corren ríos de champán por las gargantas de felices súbditos de Jano, el espíritu de las dos caras, bifronte. Justo a las cero horas del primero de enero se descorcha una botella de champán y estalla la alegría ya desbordada, con abrazos y besos, buenos deseos. En otros lugares celebran comiendo doce uvas, al ritmo de las campanadas, de una en una, pidiendo cada vez deseos al dios del principio y del final.

En otros lugares se quema un muñeco rellenado de paja, que simboliza las cosas viejas o el año que está acabando. Al final de la ceremonia todos dan rienda suelta al regocijo, a la entrega total por la esperanza. De manera inconsciente los que celebran retornan a esos tiempos en que los hombres brindaban en honor al dios de las puertas, al del principio y el final, al dios de los cambios y las transiciones, de los momentos en que se traspasa el umbral que separa el pasado del futuro. Los que celebran anhelan la protección del espíritu de las puertas para variar el orden de las cosas, para iniciar un nuevo proyecto en el viaje hacia el nuevo final, celebrando el principio de cosas nuevas.

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Fernando-Luis--Arancibia-Ulloa-
Fernando Luis Arancibia Ulloa
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