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Viernes,  16 de Abril, 2010

Winston Estremadoiro - No soy un cultor ni de la pesca ni de la caza. En otros tiempos acompañé pedregosas caminatas por ríos de montaña, encogido el friolento campanario en aguas heladas, explorando pozas y tentando a las truchas con mosca y anzuelo. Con marraqueta paladeé la pesca sofrita en mantequilla, escanciada con vino tibio para calentar la caída de la noche; me arrullé con la charla risueña de amigos, de oficio más ancestral que aquel de mujer que presume de ser el más antiguo.
No porque de caduco lo imagine, el campo es hoy tierra minada. Los caminantes son acogidos con caras pétreas y miradas huidizas, cuando no pedradas e improperios. Ojos políticos achacarían este estado de cosas a un gobierno que exacerbó el resentimiento contra cualquier pajuerano, so pretexto de devolver a lugareños el orgullo étnico. Yo creo que apuntan a que Bolivia ha retornado al sendero del dinero fácil del narcotráfico.
Lo evidencian los bosques y reservas depredados para sembrar coca; los botaderos inmensos de hojas ordeñadas de la droga que contaminan las aguas; el nocivo efecto residual sobre la fauna, de la coca macerada en ácido sulfúrico; los pesticidas proscritos en el mundo que se usan para controlar plagas; el olor nauseabundo de cuerpos en pudrición de algún ajuste de cuentas. Ni qué hablar del incremento de cocales –unas 17.000 Ha adicionales a las 12.000 Ha “legales”- con el truco del cato de coca por cabeza bajo la tutela del sindicato cocalero. Ojos policíacos sugerirán que la droga ha tornado el área rural en tierra de nadie, donde un pescador divisa pozas, pero de maceración de hojas de coca; en vez de perdices que vuelen silbando, un cazador tropieza con guardianes armados de fábricas de cocaína.
El negocio de la pichicata ya no es exclusivo de ostentosos cambas afectos a la música “pop” –el pop-poro-pop de la banda de música-, que con el auge de los años 80 llegaron a traer cantantes de nota a Santa Ana del Yacuma. Treinta años después rige un contrapunto de cocaleros en Chapare y fábricas de cocaína en el Valle Alto de Cochabamba. Caranavi, Yapacaní, la reserva forestal del Chore, entre otros, claman por ingresar al festín coquero. Los 306 Km de la carretera más cara de Bolivia –Villa Tunari-San Ignacio de Moxos- carecen de estudio ambiental, tampoco salvaguardias en el tramo del Parque Nacional Isiboro-Sécure. Asediados ya por el avasallamiento por cocaleros del área protegida, encima los indígenas son dejados al margen de planes conservacionistas. Por ejemplo, capacitar y equipar una fuerza eficaz de guardaparques entre ellos. ¿Quizá pesa que los cocaleros tienen como dirigente máximo al Presidente del Estado Plurinacional?
Bastan las anteriores consideraciones para que ojos ecológicos rían hasta anegarse las cuencas de llanto con el pontífice del pachamamismo en Bolivia. Golpe maestro ha sido usar el fracaso de Copenhague para encumbrar al presidente Evo Morales como paladín de la madre Tierra, que en el país se humea tanto con sahumerios de copal como con fuego abrasador de florestas, mientras vitorean tal contrasentido los extranjeros embobados con un supuesto proceso de cambio.
Es hidalgo reconocer que un logro de Evo Morales es la resonancia mundial de Bolivia. Como es más llamativa la pira de las selvas incendiadas que el daño ambiental que causan, su carisma promovió la multitudinaria Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático, a realizarse en Tiquipaya, del 19 al 22 de abril. El evento sotierra el contrasentido de que su liderazgo se asienta en bases campesinas depredadoras del medio ambiente, negligentes del deterioro del planeta y su calentamiento global, tal vez en menor grado comparado con países industrializados. El logro del posicionamiento del país oculta la poca sustancia de su gestión económica y tapuja la realidad boliviana sobre el respeto a la naturaleza. Joropo lastimero será la dimensión politiquera del evento, sugerida con el arribo del trío Chávez, Correa y Ortega, que le harán coro de fondo al solista principal, quien desde ya reveló la creación de otro ente de corifeos del populismo injertado en pie de falso indigenismo.
Si bien organizaciones indígenas asistentes han anunciado su divorcio de los gobiernos –que amor de interés, amor de un día es- lo preocupante es que se diluya el desvelo por el cambio climático, y el efecto vinculante que debieran tener los acuerdos mundiales para mitigar, cuando no reducir,  sus efectos nocivos.
Porque el quid del tema lo conciencia el loable esfuerzo de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) y el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), en su documento “Cambio Climático: Los desa-fíos de Copenhague a México 2010”. Es el aumento de un 20% en el contenido de anhídrido carbónico de la atmósfera, “a causa de la quema indiscriminada de combustibles fósiles -como el carbón y la gasolina- y de la destrucción de los bosques tropicales… La consecuencia previsible de esto es el aumento de la temperatura media de la superficie de la tierra, con un cambio global del clima que afectará a plantas, animales y ecosistemas en general. Esto se verá traducido en aumento de sequías, inundaciones, deshielo de los casquetes polares, subida de los niveles del océano y más.” Si el cultivo de coca requiere talar la floresta, ¿cuánto de la deforestación se debe a la sórdida alianza entre cocaleros y tronqueros?
Vienen Robert Redford y otras estrellas de cine, alardea la Cancillería. No sé si después podré ver con ojos simpáticos El Golpe, film cuyo guión fue ópera prima de David Ward, condiscípulo de universidad en Houston. Pero ojalá mejore la impresión negativa que causó el Sundance Kid pringándose de caca las lustradas botas al descender del tren en Dos hombres y un destino y preguntando: “¿esto es Bolivia?”.

www.winstonestremadoiro.com     winstonest@yahoo.com.mx

Acerca del autor:
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