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Editorial
Violencia y barbarie
Jueves,  15  de Diciembre, 2016

Durante todo este año se han estado difundiendo estremecedoras noticias acerca de la violencia intrafamiliar en Bolivia y especialmente se ha destacado el hecho de que los índices nacionales ocupan los primeros puestos en el mundo. Las mujeres y los niños son las principales víctimas del maltrato y el abuso proveniente de una sociedad machista, alcoholizada y llena de lacras que es necesario erradicar.

Precisamente estamos cerrando el año con un episodio lacerante, cuya víctima ha sido una niña de siete años golpeada por su padre hasta la muerte. Como contexto de ese hecho se ha podido observar graves dificultades que enfrenta nuestra niñez, como el abandono, la desintegración familiar y el acecho de un medio adulto que se ensaña contra la debilidad de los más chicos, viola sus derechos y los somete a castigos crueles.

En lugar de que este lamentable hecho promueva un debate que ayude a concienciar a la ciudadanía y sus autoridades sobre la necesidad de redoblar los esfuerzos para reducir la violencia que brota desde el interior de las familias, la respuesta de las instituciones que deberían encabezar esta discusión, ha sido dar rienda suelta a la barbarie, cuyo resultado ha sido el linchamiento del padre de la niña Abigail.

Hay que decirlo con mucha claridad. Tanto los jueces, los fiscales, los policías, custodios de la cárcel de San Pedro y demás autoridades de Gobierno que intervinieron en este caso, sabían que al meter a José Luis Choque al penal paceño, sin ningún tipo de protección o salvaguarda, la respuesta de los demás internos, entre los cuales hay narcotraficantes, violadores y delincuentes de la peor calaña, iba a ser el cumplimiento de un “código de ética” (vaya paradoja) que impone la pena de muerte contra los que cometen crímenes contra niños.

En otras palabras, los autores intelectuales de aquel crimen han sido los responsables de asegurar que la justicia, la ley y las normas civilizadas sean las que actúen en situaciones de esta naturaleza, en lugar de dar rienda suelta a los instintos más primitivos, algo que nos hace retroceder en la lucha contra la violencia.

Es fácil promover el linchamiento en estas circunstancias; parece un gesto justiciero. Algunos hablan de instaurar la pena capital, de castración química y de la cadena perpetua. Ninguna de esas medidas solucionaría el problema que está en la raíz de una sociedad que necesita educación, cambio cultural, batallar contra el alcoholismo y contra las taras que a veces se reproducen y se nutren desde los mismos niveles dirigentes, pues los más abusivos, los acosadores y muchos violadores, pertenecen a las esferas que tendrían que dar el ejemplo de buena conducta.

Qué moral pueden tener quienes echaron a ese pobre diablo a la boca del lobo, cuando todos sabemos que en los tribunales, en las comisarías y tantas otras reparticiones públicas, se maltrata, se desprecia y se discrimina a las mujeres y niños que recurren en busca de ayuda para afrontar la paliza diaria que reciben en casa. Al menos podrían remediar en algo, señalando a los culpables de este segundo asesinato y llevándolo a los tribunales, como corresponde.

En los tribunales, en las comisarías y tantas otras reparticiones públicas, se maltrata, se desprecia y se discrimina a las mujeres y niños que recurren en busca de ayuda para afrontar la violencia que sufren en sus hogares.

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