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Mirando de abajo
De país de héroes a país de bufones
Martes,  31 de Mayo, 2016

Leo en la hemeroteca noticias de los años cincuenta acerca de un monstruo acuático en el río Ohio, algo contra natura, mezcla de pez y mamífero, de lagarto y extraterrestre. En el oasis económico norteamericano de la época, aquello era hasta fascinante. Qué hubiera sido, pregunto, si esa aberrante expresión se multiplicaba y se volvía muchedumbre humana, si los extremos rasgos físicos se metamorfoseaban en idiosincrasia y la baba verdosa en verbo. La historia hubiese sido diferente; hoy veríamos las ruinas de una posible civilización y los rastros del escarnio. Sodoma y Gomorra.

La baba verdosa... pues, en Bolivia, qué decir. Esos lacustres y ribereños esperpentos han hallado retrato perfecto en la masa cocalera, así como en sus adláteres sin importar condición social ni nivel de educación. La retórica crea monstruos, entonces, pero no los sueños de la razón, porque esta es tierra de sinrazones y ensalivado color lechuga oscura; de coca, carajo, planta maldita.

Imaginemos a China balbuceando incoherencias acerca de la tradición del opio en la cultura Han. ¿Estaría este inteligente mamotreto comunista donde está ahora? No dudo que los comisarios sacarían la pistola para volar los sesos del insensato que viniera con discurso tal. Y no se trata de progreso en mal sentido, de arrasar con la cultura ancestral para crear universos flotantes que por no tener
asidero, raíz, podríamos considerar ficticios, sino en darse cuenta de cuál es el oprobio del pueblo. En Bolivia está claro: es la coca. Si hablara el inmenso retrato del Che que tiene Morales en palacio, repetiría lo que escribió el personaje sobre ella y el acullico en relación al futuro, desmitificando el esquema fraudulento y criminal que se ha fundado en el país con beneplácito de todos los que se nutren de su vicio.

Bolivia fue la región más sufrida en la lucha contra España, la más vejada y quizá la más valiente. Descuento la falsía de hacer creer que solo la masa indígena peleó. No fue así, hubo una labor conjunta liderada por los criollos pero colectiva, que el tiempo desvirtuó manteniendo la estratificación colonial cuando la historia llamaba a revolución. Oportunidad perdida, muerta, cuyas secuelas se observan
hoy en la pantomima de la reivindicación de las razas originarias, emblema apropiado por un astuto grupo de pillos que de manera burda han fabricado un holograma de lo que podría ser una sólida realidad.

¿Dónde están Murillo, Lanza, Camargo, Padilla y Azurduy? Nuestra imagen actual se refleja en las líneas editoriales del New York Times sobre el presidente de no todos los bolivianos. Dejemos de lado las tonterías del imperio, discriminación y etcéteras que se vapulean en el aire. La esencia del texto radica en que apunta a la vileza que se ha apoderado de una población que fue valiente. Ya no importan sueños, grandes ideas. Bolivia se ha convertido en un mercado aymara con productos chinos, nación de plásticos chillones e hibridajes semejantes al del extraño ser del Ohio. Acá, hoy, importa un rábano por encima de la ciencia, el fútbol (mal jugado) sobrepasando la letra (sin disminuir al deporte). Si aquella gente combatió y murió no lo hizo para parir engendros, porque para eso, ninguna lucha vale.

Para colmo, ya atardeciendo el domingo, un programa chileno de humor se ceba en la figura del mandatario boliviano, en cada uno de nosotros por extensión. Y lo que muestra, tristemente real y obviando cualquier relación con el diferendo marítimo, es lo que vivimos. Un jactancioso con ínfulas de supermacho, dispuesto a avasallar cualquier conocimiento. Y, a su lado, la horda variopinta con brillosas lenguas de tanto lamer piel de trasero imperial.

¿Dónde los héroes de Falsuri, los de Suipacha? Nos llenamos de familiares putativos indecentes, ruines. No se ha apagado la tea.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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