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Editorial
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Preservar el Casco Viejo
Lunes,  30  de Enero, 2012

E l Concejo Municipal ha comenzado a mirar con otros ojos la fiesta grande de los cruceños. Sin duda, el creciente grado de destrucción del ornato urbano y la violencia que provocan los participantes de las comparsas en los días de Carnaval, pese a las reiteradas recomendaciones por un cambio de conducta, ha generado en las autoridades ediles una justa y legítima preocupación por preservar las fachadas patrimoniales de la ciudad.  Prohibir el ingreso de las comparsas a la Manzana Uno durante los tres días de Carnaval parece una medida bien intencionada, especialmente si se trata de proteger lo poco que va quedando de la antigua y amable ciudad vieja de Santa Cruz de la Sierra.

La preservación del Casco Viejo deviene en una obligación no sólo de las autoridades, sino de la propia ciudadanía. Sin embargo, resulta lamentable comprobar que los propios jóvenes que viven en la capital sean quienes atenten contra el patrimonio histórico en nombre de los excesos del Carnaval. El innecesario pintarrajeado de las paredes de los inmuebles dentro del primer anillo y el destrozo del ornato público resultan despropósitos que sólo pueden obedecer a una ignorancia supina sumada a la falta absoluta de conciencia ciudadana y a la carencia del auténtico amor por el terruño. De hecho, el Carnaval cruceño ya no es lo que era y conviene asumir su transformación.

Hace tres décadas todavía era posible distinguir las peculiares características del tradicional Carnaval cruceño, que se reflejaba en las alegres visitas a las casas de espera por parte de entusiastas carnavaleros que llevaban y traían su propia música, y por la facilidad de compartir con los vecinos. Las agrupaciones de comparsas mostraban orgullosas en una artística tarjeta las fotos de sus garantes, su reina y las de sus integrantes. Eran tiempos donde se podía decir que casi todos se conocían. Después, todo fue cambiando aceleradamente. El respeto por la ciudad y sus habitantes se fue perdiendo hasta que disparos de arma de fuego mancharon con sangre nuestro Carnaval.

Marcada la fiesta grande por una creciente tendencia a la violencia y por una inopinada y sistemática destrucción del ornato público, las autoridades se han visto y deseado en busca de soluciones duraderas. Hasta ahora no ha sido posible que los participantes organizados hagan del Carnaval una demostración del amor por su tierra festejando con sensatez. Por el contrario, cada año se ha podido constatar manifestaciones vandálicas que han escapado incluso a la vigilancia de la Asociación Cruceña de Comparsas. Por ello, resulta plausible que las autoridades municipales pretendan preservar el Casco Viejo con la prohibición de ingreso a la Manzana Uno. No es suficiente, sin embargo.

La vigilancia del Casco Viejo en las fiestas de Carnaval debería ser ejercida no sólo por la Gendarmería, de suya insuficiente en número y disponibilidad, sino por la propia ciudadanía y la Asociación Cruceña de Comparsas. De hecho, los jóvenes que disfrutan del Carnaval deben ser quienes asuman que una fiesta grande cruceña sin violencia y destrucción es posible. El cambio de actitud debe reflejarse en el respeto a la ciudad y sus habitantes. Ya es hora que se tome conciencia de que Santa Cruz tiene un tesoro patrimonial que respetar y conservar antes y después del Carnaval, y que es justamente todo el histórico Casco Viejo, paradójicamente atacado por quienes deberían preservarlo.

Ya es hora que se tome conciencia de que Santa Cruz tiene un tesoro patrimonial que conservar, y que es justamente el conjunto de inmuebles y plazas que se sitúan en el Casco Viejo.