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Editorial
La verdadera virtuosidad
Tribuna
Lunes,  15  de Noviembre, 2010

Decía el filósofo B. Spinoza “quienes para ser virtuosos esperan que Dios los recompense se alejan muchísimo de la verdadera virtuosidad.
El verdadero virtuoso no espera recompensa. Vive y actúa en el bien y por el bien no por el premio sino por convicción y naturaleza. Se es virtuoso o se aparenta ser por conveniencia e interés.
 El auténtico virtuoso al igual que un buen padre que educa y apoya a sus hijos sin esperar compensación alguna, hace el bien sin importarle el premio o la recompensa, su amor es desinteresado y por naturaleza se entrega tanto a moros y cristianos, judíos o musulmanes, sea cual sea su religión o credo. No lo hace por principios religiosos que profesa o porque lo mandan las buenas costumbres y las normas de la sociedad, simplemente vive y actúa según lo dictamina su conciencia puesto que, como bien afirma el filósofo holandés, quienes se dedican a censurar al hombre y desprecian sus vicios en lugar de enseñar virtudes, aquellos que debilitan almas en vez de fortalecerlas, resultan insoportables para sí y para los demás.
 El virtuoso no siente orgullo de profesar la religión que según sus creencias, es la más acertada y justa, tampoco persigue a quienes no comparte su opinión, ni se esfuerza a que los demás amen lo que el ama y odien lo que él odia. En otras palabras, no es importante lo que él cree o crean los demás, puesto que, lo esencial es que cada uno busque su perfección, ame al prójimo y viva su vida asentada en valores éticos y morales.
 Votaire irónicamente decía que “en el país de las sectas, un inglés como hombre libre va al cielo por el camino que más le gusta”, sentencia que encierra una gran verdad, puesto que, toda creencia o religión es finalmente un instrumento que prioriza dentro de la escala ética de los valores, unos más que otros, pero buscando todas ellas hacernos mejores y especialmente alcanzar mayor justicia y equidad para todos.
 La religión o persona que discrimina a las demás peca de soberbia puesto que si bien cada uno está en su derecho de creer que su religión o creencias es el camino más corto y recto para llegar al cielo no puede y no debe actuar como juez sobre las creencias ajenas y menos combatirlas y condenarlas.
 En nombre de lo verdadero y de lo justo se cometieron a lo largo y ancho del mundo los crímenes más horrendos y por ello quienes todavía se vanaglorian de ser dueños de la verdad o de la ética que profesan, deberían avergonzarse cuando con orgullo no disimulado aplauden acciones reñidas contra los más elementales principios humanos justificando dictaduras de derecha o izquierda, intervenciones violentas, el uso de la fuerza y hasta convalidando asesinatos y torturas en pro del bien común.
 Detrás de la máscara religiosa, patriótica o ideológica se esconde un vulgar fanático tan peligroso o más que aquellos que se dice combatir. Limitémonos por consiguiente a hacer el bien por el bien tratando de amar a nuestro prójimo tal como es y recordando que en el fondo de un pecador se redime un santo y al revés, en un santo se esconde un arrepentido pecador.
 

autor : Antonio-Soruco-Villanueva
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