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De carne y hueso
Editorial
Martes,  13 de Julio, 2010

La noticia más comentada a nivel internacional sobre el presidente Evo Morales la semana pasada, fue la grave dolencia estomacal que lo obligó a alejarse de sus obligaciones durante cuatro días. Algunas agencias informativas observaron que ningún médico hizo precisiones sobre la enfermedad del Mandatario y que el único que se refirió al caso fue el vocero del Palacio. El hecho es que el sábado pasado retomó sus actividades normales y este lunes dijo que se encontraba “cero kilómetro”. De todas formas ha resultado extraña la proactividad del Gobierno a hablar sobre el padecimiento presidencial.
Desde que Evo Morales lloró el día de su primera posesión, en enero del 2006, nadie había tenido la oportunidad de constatar un gesto público de debilidad del Presidente. Siempre lo han mostrado como un hombre de hierro, capaz de trabajar 18 horas al día, iniciar sus jornadas a las cuatro de la madrugada, viajar a varios lugares del país en el mismo día, asistir a reuniones y terminar la noche discurseando en algún acto público.
Un Ministro de Salud fue echado del cargo sólo por sugerir que el jefe de Estado boliviano podría haber contraído la gripe A después que asistió a una reunión en la que estuvo su colega Álvaro Uribe, quien cayó víctima de la enfermedad. Esa vez quedó claro el mensaje. El caudillo es invulnerable, no se enferma ni se inmuta ante el dolor. Nunca se mostró acongojado con los muertos de Huanuni, los de Caranavi y ni siquiera les transmitió sus condolencias a las viudas de los policías que fueron asesinados en Uncía.
El Presidente tampoco ha sido de hacer demostraciones públicas de afecto familiar. Una vez su hija se quejó por la relación lejana y fría que mantiene con su padre y Evo Morales nunca ha ocultado el desdén que siente por las mujeres, pese a que él mismo se hace fama de conquistador y amante ardiente. Una vez dijo que le gusta hacer llorar a las damas y continuamente hace bromas que las desvalorizan, actitud que se repite con los homosexuales. El famoso discurso de los pollos en Tiquipaya lo pinta de cuerpo entero sobre estos aspectos.
Evo Morales se ha preocupado estos años por mostrarse agresivo, confrontador, vengativo. Todo lo que han vivido los sucrenses en los últimos años es por culpa de la primera silbatina que tuvo que enfrentar el Presidente desde que asumió su cargo. Hay que recordar el trato que le dio al periodista Raphael Ramírez en el Palacio Quemado para darse cuenta hasta dónde puede llegar la ira presidencial. En Venezuela, no tuvo reparos en mostrarse implacable, cuando informó que él personalmente había dado la orden de ingresar al hotel Las Américas, donde fueron ejecutados tres ciudadanos europeos.
El último gesto agresivo que hizo Evo Morales fue cuando llamó separatistas a los gobernadores de la oposición justo cuando los posesionaba. Días después anunciaba un periodo de diálogo con Rubén Costas, aunque es cierto también que el proceso de copamiento del poder a través de sendos golpes contra alcaldes de la oposición no ha cesado ni un minuto. Mientras el Presidente hace el papel de bueno y hasta se enferma para dejar la constatación que es de carne y hueso como todo ser humano, los malos de la película arrasan, amenazan con golpear a los indígenas del oriente y también recurren a la tortura, además de cometer otros atropellos.

El Presidente se enferma, se muestra dialogador y hasta reconoce errores, mientras los “malos” siguen la marcha de copamiento.

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