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Editorial
Sudáfrica y Bolivia
Veritas
Domingo,  11 de Julio, 2010

Juan Carlos Urenda - Sudáfrica y Bolivia:Visité Sudáfrica hace algún tiempo junto con un grupo de destacados políticos y empresarios bolivianos.  Allí pude constatar que el proceso de inclusión y pacificación sudafricano fue todo lo que el llamado “proceso de cambio” boliviano no es. Teniendo problemas similares a los nuestros, allí se dieron soluciones diametralmente distintas a las que se están experimentando en Bolivia.
Empecemos por la pacificación racial. Allí hubo un proceso de perdón,  no de revancha. Los ofensores confesaban sus fechorías y crímenes delante de las víctimas, de manera pública (televisada), y los agredidos (o sus sobrevivientes) los perdonaban, también públicamente. Fue un proceso de reconciliación a través del perdón personal que fue diseñado especialmente para evitar la judicialización del proceso de pacificación. En Bolivia, como estamos viendo todos los días, se está judicializando la política a través de la criminalización del adversario.  Allí la frase prevaleciente en el proceso (acuñada por Desmond Tutu) fue “sin perdón no hay futuro”, que contrasta con  “ahora es cuando” disparada por E. Morales.
En lo que respecta al proceso constituyente, en Sudáfrica se dieron  dos años para discutir las reformas antes de que se instale la Asamblea, naturalmente se discutieron todos los artículos y la misma constituyente subió de dos tercios a ochenta y cinco por ciento los votos requeridos para tomar las decisiones importantes.  En Bolivia no  hubo discusión previa, la Constituyente no discutió ni un solo artículo, el oficialismo luchó a brazo partido para eliminar el requisito de ley  de dos tercios y, finalmente, hubo gente que murió por pretender ejercer sus derechos a debatir temas y por hacer respetar los dos tercios. En Sudáfrica nos contaron que el gobierno boliviano había sido  informado en detalle sobre el proceso constituyente sudafricano,  lo que, lamentablemente, no tuvo eco.
La autonomía provincial  vigente en Sudáfrica funciona sin odio, separatismo ni terrorismo. Cada una de sus nueve provincias (equivalente a los departamentos) tiene una “Constitución” respetada por todos. No hay gobiernos, territorios, ni tierras comunitarias de origen indígenas, tampoco gobiernos regionales. No hay privilegios en atención a consideraciones étnicas como en Bolivia.
El principio de igualdad es el tesoro más preciado del proceso de pacificación sudafricano. Allí no hay privilegios para las mayorías negras. Cada hombre, sin importar su origen, vale un voto y punto. La palabra “negro” o “indígena” o “indio” no existe en la Constitución, no hay representaciones corporativas ni gobiernos indígenas para ninguna de las catorce tribus que no las convirtieron en “nacionalidades”; no consideran a los ingleses y holandeses (los colonizadores) como “invasores”. Nadie hace nada en términos de ciudadanía y derechos  políticos de acuerdo a “sus usos y costumbres”, todos tienen que sufragar para elegir y decidir. Los negros no tienen “cuotas” en el Tribunal Constitucional, donde no es un activo la experiencia sindical,  ni es obligatorio hablar un dialecto tribal para ejercer un cargo público. Allí los blancos que dejaron el gobierno no resultaron imperialistas,  neoliberales ni “vendepatrias”, y los negros que asumieron el poder no “nacionalizaron” nada, al contrario, desmontaron varios de los esquemas estatistas y centralistas de los blancos, de ahí que la economía sudafricana se ha sostenido generando empleos en base a la libre empresa, respetando la inversión extranjera,  y no ha recurrido a sistemas prebendales para paliar la pobreza.
Las señales de concordia fueron increíbles: el flamante presidente Mandela nombró como su primer ministro de gobierno al que había sido del régimen blanco anterior. (Aquello equivale a que Morales hubiera designado como Ministro del Interior al de Goni).
Como no podía ser de otra manera, ese proceso generó cuatro premios Nobel de la Paz: el líder  tribal Chief Luthuli, el cardenal Desmond Tutu, el presidente blanco saliente F.W. de Klerk  y el presidente negro entrante Nelson Mandela. En Bolivia, “el proceso de cambio”  en vez de premios Nobel, lo que está generando son maestros en destruir el proceso democrático, así como presos políticos, exiliados y muertos. Destrucción en vez de construcción, pero como en el Gobierno boliviano hay muchos vivos,  les dio para creer que el proceso boliviano era tan similar al de Sudáfrica, que lo único que nos faltaba para igualar procesos ¡era nada menos que el Nobel de la Paz!.  
Como están las cosas, Bolivia tendrá que dejar para la era post-morales la experiencia sudafricana.
Se acaba el Mundial en Sudáfrica y roguemos porque a nosotros no se nos acabe la esperanza.

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