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Editorial
Editorial
Reforma policial
Jueves,  30 de Mayo, 2019
Reforma-policial

El Gobierno ha apelado una fórmula trillada para iniciar la reforma de la Policía, entidad que ha quedado a la altura del lodo luego del escándalo de los oficiales vinculados a un supuesto narcotraficante que tenía una orden de captura internacional, pero en su lugar recibía condecoraciones y se codeaba con altos niveles del Órgano Judicial.

El régimen ha convocado a una cumbre social, una modalidad sin peso institucional ni legal, con falsas pretensiones democráticas y con nula validez técnica. De esa forma ha procedido con la educación, con la salud y otros ámbitos en los que pusieron a discutir a dirigentes de sindicatos y movimientos sociales a los que, en el mejor de los casos, se les podía exigir buenas intenciones, pero jamás una propuesta coherente o contraria a los intereses del oficialismo, que suele organizar estos eventos con libretos y consignas predeterminados. 

Antes de haber dicho esto, tendríamos que haber aclarado que el Gobierno no hablaría de reforma si la situación de la Policía no fuera tan dramática, estado que no ha sido provocado por el reciente bochorno, sino por toda una historia de corrupción y abusos que la han convertido en una de las instituciones con la peor imagen del país. En segundo lugar, se instala una cumbre, porque reconoce que un cambio de raíz necesariamente debería encararse dentro de un marco democrático, cosa imposible en ese remedo de parlamento donde nadie se atreverá a poner los puntos sobre las íes y menos a arriesgar el impresionante poder del que gozan los policías, cuyo papel es fundamental en el mantenimiento de una gobernabilidad basada en el atropello, la persecución y la violación constante de los derechos humanos y la constitución.

Una reforma policial, como cualquier otra de su envergadura, será imposible si no se la aborda dentro del marco institucional, democrático y republicano; si no se parte de un diagnóstico serio y profundo de las fortalezas, debilidades de la entidad en cuestión y de las necesidad de la gente; si no se abre el asunto a la participación abierta de la ciudadanía, única capaz de mostrarle al país lo que ocurre en las calles, en las cárceles, en las oficinas policiales y todos los espacios donde diariamente se producen víctimas de la hostilidad de los uniformados. Para cambiar en serio se necesita un enfoque multidisciplinario, técnico, altamente profesional, pues de lo contrario presenciaremos un nuevo acto de maquillaje en el que saldrán ganando y más fortalecidos todavía, los actores que sustentan el estado de cosas.

Por último, un régimen que pretende mantenerse en el poder en base a la transgresión, a la violación de la carta magna y los preceptos fundamentales de la democracia, carece de la moral y de la fuerza institucional para obligar a los policías a ponerse a derecho y a abandonar un poder y unos privilegios altamente rentables.

Un régimen que pretende mantenerse en el poder en base a la transgresión, a la violación de la carta magna y los preceptos fundamentales de la democracia, carece de la moral y de la fuerza institucional para obligar a los policías a ponerse a derecho y a abandonar un poder y unos privilegios altamente rentables.