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Editorial
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Nuestra policía, nuestro destino
Viernes,  26 de Abril, 2019
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Si alguno pensaba que el impresionante auge del narcotráfico que se vive en el país iba a dejar inmaculada a la Policía Nacional, no sólo pecaba de una abrumadora ingenuidad y lo más probable es que se trate de un acto de disimulo, como muchos de los que se han venido repitiendo, como asegurar que Bolivia tiene su propio modelo de combate al narcotráfico, que esta lucha es genuina y efectiva y que el país está libre de los grandes cárteles mexicanos, colombianos y brasileños.

El segundo engaño que es tratar de convencer que la “pringazón” con el narcotráfico es de apenas unos cuántos policías, un hecho aislado o de algunos cientos, como se ha podido constatar luego de la operación de barrido que ha ordenado el Ministerio de Gobierno en la jurisdicción de Santa Cruz.

En tercer lugar, se equivoca quien cree que combatir la corrupción en la Policía es muy fácil, que se trata de mover las fichas de un lado para otro, de aplicar el detector de mentiras a los uniformados o de hacer algún tipo de purga. Desde hace años que se viene prometiendo una operación de limpieza en la institución y es seguro que ha habido buenas intenciones en ciertos casos, pero lo más probable es que las débiles voluntades políticas se han estrellado con una estructura gigantesca y poderosa consolidada a lo largo de décadas y que además es muy lucrativa y con amplias prerrogativas dentro del Estado.

Precisamente uno de los retos más importantes que surgió con la recuperación de la democracia fue reducir la gravitación de las Fuerzas Armadas en el quehacer político del país y en segundo lugar, desmantelar la estructura militarista de la Policía, entidad que debe ser transformada en una organización civil, altamente profesional y técnica, con una vocación exclusivamente dirigida a la seguridad, la investigación y la lucha contra el crimen. Bajo el esquema actual seguirá siendo un brazo represivo ideal para cualquier régimen, especialmente para aquellos proclives al quebrantamiento de la ley, el fomento de actividades ilegales y la persecución política.

Un régimen como el actual, con amplio respaldo electoral, con credibilidad, legitimidad y mejores condiciones de gobernabilidad, pudo haber encarado las reformas necesarias tanto en las Fuerzas Armadas, la Policía y la Justicia, pero es obvio que en lugar de avanzar hemos retrocedido y en este momento nos encontramos en una situación peligrosa muy cercana al punto de no retorno.

Es imposible no ser pesimista en estas circunstancias y el que diga lo contrario se mantiene en el doblez o el autoengaño. No se puede pensar en otro destino más parecido que al de México o el que vivió Colombia en los años 80 del siglo pasado, antes de que la sociedad en su conjunto decidiera ponerle punto final al destino que estaba convirtiendo al país en un narcoestado.

Bajo el esquema actual la Policía seguirá siendo un brazo represivo ideal para cualquier régimen, especialmente para aquellos proclives al quebrantamiento de la ley, el fomento de actividades ilegales y la persecución política.

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