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Editorial
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El extractivismo y el drama nacional
Viernes,  1 de Marzo, 2019
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Algunos señalan la corrupción como el peor legado que nos ha dejado el “proceso de cambio”. Otros observan el crecimiento del narcotráfico, los elefantes blancos, el derroche y también el florecimiento de diversas formas de economía ilegal que han consolidado verdaderas “zonas de exclusión” a lo largo y ancho del país. 

Todos son problemas graves y algunos monstruosos, pero ninguno como el extractivismo, una condena que surgió con la colonia española 500 años atrás y que todas las élites políticas, intelectuales y económicas del país no han hecho más ratificar y profundizar, lo que equivale a sentenciarnos a todos los bolivianos a la eterna fragilidad, insostenibilidad, pobreza y todos los males derivados como la inestabilidad, el autoritarismo y el martirio de los caudillos.

La famosa “agenda de octubre” que le trazó el camino al actual régimen y le abrió las puertas del triunfo electoral, contemplaba la industrialización del gas, sin embargo, al poco tiempo de asumido el cargo, el presidente Morales desató las alarmas cuando exclamó “¿De qué vamos a vivir?”, en el momento en que algunos pueblos indígenas del norte de La Paz exigieron ser consultados antes del inicio de las actividades exploratorias de una empresa petrolera.

Aquella vez el Gobierno comenzó a hacer insinuaciones sobre la supuesta contradicción entre los intereses de los originarios con el “progreso” del país, tesis que quedó perfectamente patente cuando se desató el conflicto en el Territorio Indígena Parque Isiboro Sécure (TIPNIS) en el 2011, cuando los pueblos de las tierras bajas fueron apaleados por oponerse a la construcción de una carretera, al ingreso de las compañías petroleras a esa reserva natural y al avance de los cocaleros, que gozan de amplias garantías para arrasar con la naturaleza.

El Gobierno ha derrochado ingentes cantidades de dinero en proyectos de industrialización que han fracasado estrepitosamente al igual que sus planes para diversificar la economía a través de aparatosas e inútiles empresas estatales. En consecuencia, al país no le queda más que el extractivismo como fórmula de supervivencia, cosa que también está en duda, porque en los últimos años no se ha hecho más que debilitar la industria petrolera nacional y en este momento no hay otra salida más que arrodillarse ante las transnacionales y ofrecerles en bandeja de plata el patrimonio natural con tal de que abran la billetera.

Los indígenas saben mejor que nadie que ni que el auge de la plata, del estaño, del gas o del litio (que ya fue entregado a los chinos), se ha traducido o se concretará en mejores condiciones de vida para ellos y la gran mayoría de los bolivianos. Este modelo apenas beneficia a un grupo privilegiado que hoy mete policías y militares en el parque Tariquia, al sur de Tarija, donde los pueblos originarios exigen consulta y advierten que no dejarán pasar a los petroleros.

Al país no le queda más que el extractivismo como fórmula de supervivencia, cosa que también está en duda, porque en los últimos años no se ha hecho más que debilitar la industria petrolera y en este momento no hay otra salida más que arrodillarse ante las transnacionales y ofrecerles en bandeja de plata el patrimonio natural con tal de que abran la billetera.