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Editorial
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Alianza con los empresarios
Martes,  12  de Febrero, 2019
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Fidel Castro no era ningún tonto. Es más, estaba claro que al principio tenía buenas intenciones, contrariamente a lo que dice la mayoría de los detractores del socialismo, que aseguran que el comunismo siempre está guiado por una buena dosis de odio.

El líder de la Revolución Cubana quería iniciar una transformación productiva en la isla, instaló granjas con vacas que debían producir más de 50 litros de leche por día, su intención era multiplicar la molienda de caña, crear fábricas más competitivas que las de los odiados gringos y llevar al pueblo a la abundancia y la prosperidad. 

En uno de sus viajes a Nueva York, Castro se contactó con grandes empresarios a los que convenció de visitar su país para que se hagan cargo de sus proyectos que, por supuesto, debían ser planificados y controlados por el Estado, para que las ganancias sean distribuidas por igual en la población. Ninguno de los hombres de negocios aceptó trabajar en esas condiciones, porque la productividad no depende ni de la ideología, los dogmas o el impulso de un partido, sino de la libertad que el Estado debe asegurarles a los empresarios; de la competencia y de la voluntad de los consumidores para adquirir un producto y no el que determina la dictadura.

La historia posterior es harto conocida y es muy parecida a la de todos los países que abrazaron el socialismo y que acabaron en la ruina, con empresas destruidas, con escasez y con empresarios que huyeron con lo puesto y se llevaron a otra parte su creatividad, sus negocios y su capacidad de generación de riqueza.

Trece años después de haber asumido el poder y luego de haber llevado adelante la política estatista más agresiva que se haya visto en la historia del país, el Gobierno de Evo Morales se acerca a los empresarios privados, a quienes combatió con fiereza todo este tiempo, tratándolos como si fueran enemigos.

Se apega a ellos cuando la bonanza económica se ha terminado; cuando las señales de la crisis económica se hacen cada vez más evidentes y, principalmente, lo hace por razones electoralistas, porque pretende conquistar el oriente boliviano, donde la gente valora más la libertad, la iniciativa privada y donde hay una mayor porción de propietarios que no viven del Estado y que solo buscan que el Gobierno levante las restricciones para producir, exportar y hacer más negocios.

Si el caso fuera beneficiar a la empresa privada, que equivale a abrir espacios a todos los ciudadanos del país –chicos y grandes-, con la capacidad y la fuerza para invertir y generar riqueza, el régimen no necesita más que restaurar la seguridad jurídica que hirió de muerte con sus reformas populistas y dejar que el resto lo hagan los que saben producir. Si lo que busca es crear un grupo de amigos con quienes hacer tratos y asociarse para seguir edificando “elefantes blancos” y generando espacios de clientelismo y corrupción, no solo continuará cavando el pozo del “proceso de cambio”, sino que estará contribuyendo a la destrucción de las empresas privadas.

Si lo que busca el Gobierno es crear un grupo de amigos con quienes hacer tratos y asociarse para seguir edificando 'elefantes blancos' y generando espacios de clientelismo y corrupción, no solo continuará cavando el pozo del 'proceso de cambio', sino que estará contribuyendo a la destrucción de las empresas privadas.

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