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Editorial
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Entre la espada y la pared
Domingo,  10  de Febrero, 2019
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Los que piden diálogo, los que juegan a ser neutrales y los países que apoyan a Nicolás Maduro, pueden haber entrampado al dictador más de lo que estaba, a partir de compromisos asumidos recientemente en aras de evitar una intervención militar extranjera o la activación de una guerra interna, situación que ha estado buscando insistentemente el régimen venezolano.

La hostilidad de Estados Unidos, la presión de naciones que están decididas a frenar cuanto antes la calamitosa realidad de millones de venezolanos, las sanciones y el aislamiento no dejan de provocar un efecto de victimización de Maduro y sus secuaces, quienes además juegan a convertirse en el centro neurálgico de una nueva versión de la guerra fría, con China, Rusia, Irán y Turquía de su lado.

Un puñado de países, entre los que se destacan Uruguay, México y la Unión Europea han conformado el Grupo de Contacto Internacional (GCI) sobre Venezuela, una instancia que intenta evitar a como dé lugar una salida por el desastre. Estas naciones, seguramente alentadas por la posición del Vaticano, que sigue insistiendo en el diálogo y que además se ha ofrecido como mediador, ha tenido su primera reunión en Montevideo, donde no solo han ratificado el interés de aportar para una solución pacífica a la crisis venezolana, sino que han asumido esos compromisos de los que hablábamos al principio y que ponen a Nicolás Maduro entre la espada y la pared.

El GCI se ha comprometido a garantizar elecciones libres y transparentes en Venezuela hasta principios de mayo y además, ha avalado el ingreso de la ayuda humanitaria que hoy se encuentra bloqueada por los militares en la frontera. Sospechosamente, Rusia decidió no ingresar en este grupo y tanto México como Bolivia se abstuvieron de firmar los acuerdos. Se trata de dos países con regímenes ideológicos muy afines con el venezolano y la postura asumida deja muchas sospechas en relación a las verdaderas intenciones de Maduro, que obviamente no pasan ni por llamar a unas elecciones que va a perder, ni permitir que la comunidad internacional ingrese al país a husmear y constatar el oprobio al que está sometiendo a su pueblo.

De cualquier forma esta podría ser la última carta que se juega la dictadura chavista y también la chance de conseguir algunas de las ventajas que le ofreció tanto la oposición como el régimen estadounidense, que al principio garantizó la amnistía para los jerarcas venezolanos y posteriormente los amenazó con mandarlos a la cárcel de Guantánamo.

El gobierno boliviano, tal vez el más amarrado a la posición de Maduro, ha dejado en claro que si bien no es proclive a una intervención extranjera en Venezuela, tampoco es partidario de la democratización del país a través de elecciones libres. Al aferrarse de esa manera tan cerrada a la continuidad de la dictadura venezolana, no hay duda que Bolivia está condenándose a enfrentar un destino común, con consecuencias muy parecidas.

Al aferrarse de esa manera tan cerrada a la continuidad de la dictadura venezolana, no hay duda que Bolivia está condenándose a enfrentar un destino común, con consecuencias muy parecidas.

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