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 14 de Noviembre de 2018
Editorial
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Represión y muerte en la ciudad de El Alto
Sábado,  26 de Mayo, 2018
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Algunas reacciones posteriores a la muerte del estudiante Jonathan Quispe en la ciudad de El Alto, no hacen más que confirmar que estamos frente a un escenario muy complicado en el que no podía faltar el concurso de las acostumbradas torpezas de un régimen muy habituado a imponer sus versiones, sus culpables, sus explicaciones y dar por cerrados los casos en complicidad con autoridades policiales y judiciales que están precisamente para bloquear las investigaciones e impedir que se llegue a la verdad.

Pocas veces se ha visto al presidente Morales reaccionar con tanta inmediatez en un caso similar. Ni bien se conoció el trágico suceso, el primer mandatario lanzó un mensaje de solidaridad en su cuenta de Twitter e instruyó una investigación profunda del hecho, además de anunciar todo el peso de la ley en contra de los que fueran hallados culpables.

Cuán vacías se han vuelto este tipo de arengas en un país donde la justicia es el elemento más escaso. Eso mismo habrán pensado muchos cuando a las pocas horas, el ministro de Gobierno, Carlos Romero ya tenía lista una explicación pormenorizada de las causas de la muerte de Jonathan Quispe, quien supuestamente fue víctima del impacto de una canica de cristal, de esas que usan los niños para jugar, que le atravesó el corazón y hasta perforarle uno de los pulmones. Hasta ahora nadie sospechaba de la letalidad de esos juguetes, semejante a las de proyectiles de guerra de alto calibre.

Numerosos testigos aseguran durante la represión de los estudiantes alteños que exigían mayor presupuesto, hubo excesos de los policías y hay quienes afirman que uno de los uniformados utilizó su arma de fuego contra los universitarios que se manifestaban pacíficamente. Las explicaciones oficiales han sido calificadas como absurdas y no han hecho más que atizar los sentimientos de ira que ha desatado en el país y especialmente en el sistema universitario nacional este crimen que despierta muchas sospechas.

No le conviene al Gobierno insistir esta vez en su clásica estrategia de tapar con tierra todos los hechos que lo comprometen, pues justamente el malestar y la falta de credibilidad que agobian al “proceso de cambio” son el producto de los constantes abusos y la falta de transparencia, que se traducen en corrupción, ilegalidad y en este caso, en una tragedia para la juventud, para la universidad, para la sociedad, la democracia y la opinión pública, en la que cunde el temor de que la represión vaya en aumento y se encamine por los oscuros senderos que ha tomado el régimen venezolano.

La mejor salida, no solamente es esclarecer los hechos, reconocer los errores que se hubieran cometido e identificar a los culpables, sino restablecer el estado de derecho en nuestro país, renunciar a los intentos de violar la constitución e instaurar un sistema autocrático que no harán más que acentuar los problemas de crisis y de corrupción. La violencia y la represión son justamente los componentes que faltan para que la situación degenere en caos.

La mejor salida, no solamente es esclarecer los hechos, reconocer los errores que hubieran cometido e identificar a los culpables, sino restablecer el estado de derecho en nuestro país.

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