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Editorial
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La droga va a la escuela
Lunes,  3 de Julio, 2017

La presencia de droga en los colegios del país es un secreto a voces. Los profesores conocen muy bien el fenómeno, los medios de comunicación lo han denunciado en numerosas ocasiones y ahora la Policía no hace más que confirmarlo a través de estadísticas acumuladas durante el primer semestre.

De acuerdo a un informe presentado por el comandante nacional de la Policía, Abel de la Barra, desde el mes de enero se han realizado 675 incursiones en diferentes establecimientos educativos de los nueve departamentos y se ha comprobado una presencia masiva de drogas de todo tipo, en su mayor parte marihuana, la sustancia más consumida por los escolares. La situación es preocupante, pues también se halló cocaína, anfetaminas y psicotrópicos, además de armas dentro de las mochilas de estudiantes, lo que completa el cuadro de un fenómeno asociado a la violencia, las pandillas y todo tipo de peligros propios de la marginalidad.

Pese a los datos, es posible que las autoridades vinculadas a la educación, la seguridad, el municipio y demás instancias locales y nacionales, no estén plenamente conscientes de las dimensiones de este problema. Y si lo estuvieran, tal vez no han reaccionado como corresponde. Recientemente durante un foro debate sobre el bullying escolar, estos mismos referentes institucionales dieron la impresión ante los medios de que todo está bajo control, que existen los mecanismos para mantener las cosas en orden y que no hay nada de qué preocuparse, cuando la realidad dice todo lo contrario.

Por la falta de acción contra la drogadicción, el comercio de sustancias prohibidas y todo lo que está ocurriendo en nuestras escuelas, es posible que predomine la misma actitud, algo que resulta ser muy sospechoso, pues nuestro país, tanto por dentro como desde afuera, está señalado por actuar con permisividad hacia el narcotráfico. No vaya a ser que esa misma conducta haya cundido en todo el aparato institucional.

Lo más alarmante, sin embargo, es la forma de actuar de la ciudadanía, de los padres, las familias, vecinos y también de los profesores, que están reflejando la misma pasividad. Es como si se estuviera reproduciendo una relajación de las normas sociales y de la opinión pública frente al tráfico de drogas, tal como sucedió en los años 80, cuando los narcos y las drogas se convirtieron en las “vedettes” de la sociedad, mirada que surgió por la enorme incidencia económica que el narcotráfico ejerce en nuestro país, mucho más en tiempos de crisis, cuando disminuye la actividad legal y el rentismo y mucha gente se ve obligada a tomar cualquier “tabla de salvación”. En eso existe mucha responsabilidad de la estructura política y se puede notar el fracaso del “proceso de cambio”, que no ha logrado sacar a los bolivianos de los círculos viciosos que gobiernan la realidad de la gente.

Esta vez, como en aquella ocasión, le corresponde a la ciudadanía adoptar una posición de rechazo generalizado hacia el narcotráfico, cuyos tentáculos están tocando a lo más preciado de la comunidad: nuestra juventud.

Por la falta de acción contra la drogadicción, el comercio de sustancias prohibidas y todo lo que está ocurriendo en nuestras escuelas, es posible que predomine una actitud de pasividad, algo que resulta ser muy sospechoso.

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