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Editorial
Los frutos de la lucha antidroga
Editorial
Miércoles,  16  de Diciembre, 2009

Después de la expulsión de la DEA (Drug Enforcement Administration) norteamericana por el Gobierno boliviano, la lucha antidroga en el país tiene que dividirse en un antes y un después de esa decisión. Mientras que las autoridades nacionales que tienen a su cargo el combate al narcotráfico se muestran satisfechas con el trabajo desplegado sin la colaboración de la DEA, en el exterior, y más concretamente en Estados Unidos, los informes especializados apuntan a un crecimiento de la producción de cocaína en territorio boliviano, al mismo tiempo que se critica la expansión de los cultivos de coca excedentaria.
La opinión pública se encuentra en la disyuntiva de creer a pie juntillas en lo que dice el Gobierno, o de aceptar la tajante versión de los informes del exterior. Ni lo uno ni lo otro parece sensato. Pero veamos: Mientras que para el oficialismo la lucha contra el narcotráfico está rindiendo frutos por el decomiso de ingentes cantidades de cocaína en todas sus formas, al mismo tiempo que se destruyen factorías tanto urbanas como rurales, no es posible pasar por alto el hecho que todo lo anterior hace suponer que la producción de estupefacientes se halla en auge. Por otro lado, resulta inocultable que el incremento de los cultivos de hoja de coca parece haber escapado del control de la fuerza antidroga nacional.
Los informes estadounidenses, por su parte, son lapidarios a la hora de tocar el tema de Bolivia y su lucha contra las drogas. Estados Unidos considera un fracaso el conjunto de las acciones contra la producción y el tráfico mismo, e incluye al país entre los descertificados y reacios a la cooperación bilateral. No hace falta señalar que estos informes llevan agua para su propio molino, sin ignorar que confluyen en un dato certero: que acciones conjuntas contra el tráfico de estupefacientes tendrían mayor impacto que las acciones en solitario. Tampoco se puede negar que Bolivia se ha vuelto más vulnerable sin cooperación externa.
Esta vulnerabilidad se expresa en un incremento de las actividades de los narcotraficantes, incluyendo su mimetización dentro de los movimientos sociales. Todo indica que el país es un territorio de tránsito de la droga producida en otros países, como si la que se produce en el país no fuera suficiente para darle abundante trabajo a la fuerza antidroga nacional. Con estos datos, no parece preocupante la publicitada y fructífera labor de los organismos locales de la lucha contra el narcotráfico, sino hasta cuándo será capaz de resistir el país, sin cooperación externa, el embate de las redes internacionales del tráfico de drogas ilícitas.
Una rápida lectura de la situación nos muestra algunas evidencias. Urge que las ahora interrumpidas relaciones de Bolivia con Estados Unidos se reanuden con desprendimiento de partes, al menos en lo que respecta a la lucha contra el narcotráfico. Mientras el Gobierno reprocha a EEUU su vocación consumidora y causal de la elevada demanda de producción de estupefacientes, no menos cierto es que en el país la producción de la materia prima de la cocaína, la hoja de coca, está sufriendo un incremento difícilmente mensurable, pero que puede echar por la borda los frutos de la esforzada labor nacional.

Resulta evidente que acciones conjuntas contra el tráfico de estupefacientes tendrían mayor impacto que las acciones en solitario.

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