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Editorial
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Y después del populismo ¿qué?
Miércoles,  22  de Febrero, 2017

El presidente ecuatoriano Rafael Correa fue el único mandatario del bloque populista que le hizo caso al uruguayo José Mujica, quien alguna vez les recomendó a sus colegas, no insistir en el prorroguismo, no torcer las leyes para conseguir perpetuarse y en todo caso, retirarse del poder a su tiempo, cuando el nivel de credibilidad se mantuviera alto, o al menos aceptable.

Mujica no hacía esa recomendación porque tuviera una convicción democrática. El viejo dirigente fue guerrillero y alguna vez tuvo la idea de tomar el poder por las armas. Es más, nadie puede asegurar que haya cambiado de opinión y prueba de ello es que durante su mandato se rodeó de caudillos autócratas a los que les pasó una estrategia infalible para perdurar en el poder, justamente la que ha aplicado el nicaragüense Daniel Ortega. Tras once años de conducción de un gobierno revolucionario (1979-1990), el líder sandinista dejó el poder sin chistar y en vez de insistir en el continuismo, retornó con mayor fuerza en 2007 y desde entonces no ha hecho otra cosa que atornillarse en el poder, con reformas tramposas, fraudes y manipulaciones propias de una dictadura de la que difícilmente podrán deshacerse los ciudadanos de la nación centroamericana, una de las más pobres y atrasadas del continente.

Este comentario viene a cuento precisamente por lo que acaba de ocurrir en Ecuador, donde el oficialismo ha sufrido un duro revés electoral, calificado así por más que el candidato de Correa hubiera ganado los comicios. La votación ha resultado muy disminuida respecto de los niveles históricos del caudillo populista; el peso en el Congreso resultará muy débil si lo miramos desde una óptica normal, e insignificante desde el punto de vista de la política que han estado practicando los exponentes del Socialismo del Siglo XXI, acostumbrados a arrasar, conseguir los dos tercios en el Parlamento y copar la totalidad del poder, especialmente para manipular la justicia y llevar adelante sus proyectos totalitarios.

Estos resultados no sólo confirman el debilitamiento del castro-chavismo en el continente, producto de la corrupción, la ineficiencia y la crisis económica que mengua las posibilidades de clientelismo, sino que, en el caso del Ecuador, podría devenir en un nuevo periodo de transición con grave riesgo de inestabilidad, si es que la oposición permanece fragmentada, sin propuestas y decidida a cobrar revancha. Es el caso de Brasil, la crisis política, los escándalos y las dificultades económicas se han convertido en el caldo de cultivo ideal para el retorno de Lula Da Silva, el autor intelectual y material de todo el descalabro actual, que lamentablemente no son capaces de enfrentar los herederos del poder.

Algunos creen que lo que hace Maduro en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, además de ser una transgresión al buen consejo del anciano uruguayo, podría resultar en un saldo positivo para cada uno de sus países, pues ellos mismos, con su angurria por el poder, están buscando cerrar completamente un ciclo, que dejaría muy pocas posibilidades para un retorno como el de Ortega, el de Bachellet y el que podría ocurrir en Brasil con Lula, quien marcha muy bien posicionado en las encuestas.

Los resultados de Ecuador no sólo confirman el debilitamiento del castro-chavismo en el continente, producto de la corrupción, la ineficiencia y la crisis económica que mengua las posibilidades de clientelismo, sino que, en el caso del Ecuador, podría devenir en un nuevo periodo de transición con grave riesgo de inestabilidad.

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