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Editorial
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El estado Indolente
Domingo,  31 de Julio, 2016

Pocos conflictos han causado tanto malestar en la población como el que se originó en el pedido de las personas con discapacidad, consistente en un bono de 500 bolivianos mensuales, exigencia que fue rechazada por el Gobierno, pese al clamor que se prolongó por más de tres meses, en los que todos pudimos presenciar el mayor acto de autoflagelación, duros episodios de represión y actos de protesta nunca vistos en el país.

Los discapacitados instalaron un campamento de huelga en las inmediaciones de la plaza Murillo, donde fueron víctimas de la furia policial, el azote de la época invernal, hambre, malas condiciones de salud y el acecho de autoridades que no ahorraron energías ni recursos para atacarlos, descalificarlos, intentar dividirlos y someterlos al acoso judicial y mediático.

Todos esos padecimientos no consiguieron conmover a los gobernantes, que ni siquiera tuvieron la voluntad de tender líneas de diálogo para buscar alguna alternativa al bono exigido, un beneficio que puede ser discutible, pero que no libra al Estado de su responsabilidad de atender al sector más vulnerable de la sociedad con propuestas que ayuden a aliviar el sufrimiento que padecen ellos y sus familias.

En estos días, los pocos dirigentes que permanecían en vigila  decidieron replegarse y volver a sus hogares o a las calles a  mendigar, desilusionados por la indiferencia de un Estado que no ha  cambiado un ápice ese vicio histórico de ignorar los gritos de los más  humildes.  


A muchos les parecerá un hecho aislado este caso o tal vez consideren   que lo del bono era una demanda irracional, pero hay muy pocas   diferencias con lo que ocurrió con los indígenas de tierras bajas, que   lucharon durante meses para defender su territorio y fueron sometidos   a un verdadero calvario y finalmente el Estado se salió con la suya,   pues todos sabemos que la construcción de la carretera en el parque   Isiboro Sécure y el avance de los cocaleros no se han detenido.

Se habla de inclusión, pero ese es apenas un discurso, un beneficio que han conseguido unos pocos, algunos encaramados en el poder que participan en el saqueo de entidades como el Fondo Indígena, pues los verdaderos originarios, los campesinos, aquellos que viven en las montañas, en la selva y los lugares más recónditos, siguen olvidados, en la ignorancia, agobiados por enfermedades y en la pobreza extrema.

Bolivia debe ser uno de los países donde más se protesta, se bloquea y se paraliza, pero el poder político no cambia su sordera frente a los verdaderos necesitados, los problemas genuinos y la situación de las grandes mayorías, como los jubilados, los niños, los que necesitan educación, salud, ayuda para producir, trabajo y garantías para vivir en un país que repite ciclos de bonanza y crisis, sin conseguir mejoras significativas y duraderas en la calidad de vida de las grandes masas. 

Los invitados al banquete siguen siendo muy pocos, de vocación mezquina y sin la capacidad de ayudar a transformar las estructuras económicas y políticas del país con la meta puesta en el equilibrio, la sostenibilidad y el desarrollo integral. Mientras no se produzca ese verdadero cambio, el Estado seguirá siendo indolente.

Bolivia debe ser uno de los países donde más se protesta, se bloquea y se paraliza, pero el poder político no cambia su sordera frente a los verdaderos necesitados, los problemas genuinos y la situación de las grandes mayorías, como los jubilados, los niños, los que necesitan educación, salud, ayuda para producir, trabajo y garantías para vivir en un país que repite ciclos de bonanza y crisis.

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