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Editorial
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Vuelve un debate imprescindible
Viernes,  29 de Julio, 2016

Cuando el dinero sobra, hasta el centralismo parece bueno, especialmente cuando luce dadivoso repartiendo cheques, entregando obras al troche y moche y financiando proyectos en todos los rincones del país. Nadie se fija si funcionan, si aportan en algo al desarrollo económico y social y tampoco hacen reparos sobre la calidad y el precio. “Obras son amores”, dice el refrán, pero con ese pretexto han ocurrido desastres como el del Fondo Indígena, por ejemplo.

El mejor ejemplo de que la plata ya no alcanza para mantener contentos a todos y especialmente para darse cuenta de lo que se hizo con los más de 150 mil millones de dólares que le “llovieron” al país durante una década de la bonanza de precios es lo que ocurre en las gobernaciones de Tarija y de La Paz. La primera es la “ricachona”, la dueña del gas; la que se llevó la mejor tajada del periodo de mayor abundancia en materia de hidrocarburos; la que cosechó a manos llenas la siembra que se hizo en el odiado “periodo neoliberal”. La segunda es la vecina más próxima de la Plaza Murillo; la que supuestamente debería estar gozando de los privilegios de ser la sede y que luchó tanto para que no se mueva. Cómo será de malo el centralismo que ni siquiera comparte algunas migajas con los de la propia familia.

En Tarija están pagando las consecuencias del épico derroche en el que incurrió el gobernador del oficialismo, que ejerció gracias a derrocamiento de Mario Cossío Cortez, actualmente refugiado en Paraguay. La nueva autoridad, Adrián Oliva, acusa a Lino Condori de haber dejado en la quiebra a la gobernación, con deudas que mantendrán embargados por décadas los recursos públicos del departamento, con el agravante de que mucho del dinero de la región se usó para financiar obras y proyectos que el centralismo ha estado imponiendo a muchos municipios oficialistas con el fines netamente proselitistas. Algo parecido ocurre con La Paz, donde es otro opositor, Félix Patzi, quien no solo debe pagar los platos rotos, sino cargar con la crisis de recursos que hoy se comienza a sentir con la caída de los ingresos de las regalías, del Impuesto Directo a los Hidrocarburos y especialmente, por la factura de diez años de farra.

Naturalmente el gobierno central desconoce este problema, se estrella contra los gobernadores que comienzan a renegar de la manera cómo el “proceso de cambio” ha monopolizado el poder y los recursos y a todos se los escucha pedir autonomía, mejor distribución del dinero público y también pacto fiscal. Las autoridades nacionales siguen insistiendo en que no hay crisis económica y jamás admitirán que ya sea en periodo de vacas gordas o flacas, el centralismo siempre será la peor respuesta. En este caso, se ha producido el caso extremo de que Tarija vuelve a ser un mendigo, luego de haber estado en la cresta de la ola. Fue la gran oportunidad que tuvo de dar el salto que dio Santa Cruz en los años '60 y '70, pero en este caso la politiquería lo arruinó todo.

La única ventaja es que ante la escasez vuelve el debate pendiente, aquel que se encargó de ocultar el actual gobierno y que olvidaron los que decían ser autonomistas. Se trata de un tema imprescindible si queremos hablar de un verdadero cambio en Bolivia.

Otra vez hablamos sobre quién se lleva la plata, cómo se la usa y, por supuesto de la única respuesta posible que consiste en democratizar la economía. Otra vez hablamos del proceso autonómico.

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