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Editorial
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El punto de Inflexión
Domingo,  15 de Mayo, 2016

Cayó Cuba, salió Cristina Fernández; lo de Maduro es cuestión de tiempo y en Bolivia están dadas las señales que marcan el agotamiento del modelo populista que ha estado conduciendo el país desde 2006. Si algunos quieren aferrarse al poder con uñas y dientes es simplemente por obedecer a una marca genética presente en cualquier político de toda época, ideología y lugar. Eso no cuenta, pues el sentido de la realidad no es precisamente una virtud que se puede hallar en nuestros líderes.

Sin embargo, lo ocurrido esta semana en Brasil, sin duda alguna constituye el punto de inflexión en el futuro de la política latinoamericana, de la misma forma que fue en territorio brasileño donde se forjaron las últimas dos décadas de historia, marcadas por el apogeo de las ideas de izquierda y el liderazgo de personajes surgidos de las bases populares.

Justamente fue el Partido de los Trabajadores el que fundó en 1990 el Foro de San Pablo, que estableció uno de los consensos de mayor alcance continental, comparable al que se alcanzó al final de los años '70 cuando América Latina decidió al unísono decirle adiós a las dictaduras militares. Este acuerdo permitió la elección de los primeros presidentes de izquierda en décadas en la región y por primera  vez en mucho tiempo también, los países del continente parecían diseñar su propio destino, más allá de los designios de las grandes potencias y los organismos internacionales.

Este proceso político tuvo la virtud de consolidarse a través de las urnas y la suerte de llegar en el momento de mayor auge económico de la historia continental.  El mensaje era el correcto: darle mayor sentido a la democracia, hacerla más inclusiva y permitir que América Latina consiga su soberanía política y económica que se habían hecho esperar desde la independencia.

Este fenómeno entusiasmó a todos, a los europeos, a la ONU, a los organismos multilaterales de crédito, a los chinos, árabes, rusos e incluso a Estados Unidos, cuyo presidente Barack Obama se declaró fan número uno de Lula da Silva, a quien prácticamente le delegó el liderazgo en lo que antiguamente era considerado su “patio trasero”. Los roces con el “imperio” fueron simples inventos de los propios presidentes, pues nunca antes se había observado una actitud tan contemplativa de Washington frente a los insultos, las expulsiones, el avance del narcotráfico y otros problemas que recrudecieron en todos los países que formaron parte de este esquema.

Los críticos despotrican y aseguran que la suspensión de Dilma Rousseff fue un golpe de Estado, pero lo mismo pudo haberse dicho de lo que ocurrió en Bolivia en octubre de 2003, por ejemplo. Lo importante es que tanto en aquella fecha como hoy, ya sea en Brasil como en nuestro territorio, existe un consenso generalizado de que esos líderes que llegaron al poder para cambiar la historia de los países, han sido en muchos aspectos un completo fracaso, cuando no, una traición a los postulados e ideales que generaron esta corriente política.

Existe un consenso generalizado de que los líderes populistas que llegaron al poder para cambiar la historia de los países, han sido en muchos aspectos un completo fracaso, cuando no, una traición a los postulados e ideales que generaron esta corriente política que está llegando a su fin.

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