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Editorial
El tacú de papel
La autopsia de Don Quijote
Martes,  1 de Marzo, 2016

Qué hubiera sucedido si al celebérrimo escritor español Miguel de Cervantes, autor de la no menos famosa obra Don Quijote de la Mancha, se le hubiera ocurrido escarbar en la locura del Caballero de la Triste Figura? Quizás hubiera escrito sobre los tejemanejes de la época y las grandes penurias administrativas para conseguir autorización para llevar a efecto una autopsia de ley. Toda pena habría valido si se quería buscar las causas de los desvaríos del andante caballero de adarga y brillante armadura. Quizás se habría aventurado a describir el cerebro de Don Quijote, imaginando funciones complejas, anticipándose, como el visionario Julio Verne, a los avances de la ciencia.

Advierto a mi atento (a) lector (a), que le conviene tomar en cuenta que en esos lejanos años resultaba muy difícil obtener cuerpos de personas recientemente fallecidas para estudiar. De esa manera aparecieron los mercaderes de cadáveres, que no dudaban un momento en profanar las tumbas más frescas, para obtener el material que necesitaban y pagaban a precio de oro, las universidades. Por ese camino los estudiantes de medicina y los propios médicos interesados en saber más del cuerpo humano, se beneficiaban. Las medidas de seguridad para evitar las profanaciones corrían parejas con la disponibilidad de dinero. Luego, se obtenían más cadáveres de personas pobres que de personas ricas.

¿Qué habría pasado con Don Quijote, que se decía era pobre de solemnidad? No sabemos porque Cervantes no tocó el tema. Quizás por ser caballero hubiera sido resguardado convenientemente de los mercaderes de cadáveres, o quizás hubiera sido presa fácil y muy deseada, por ser de noble alcurnia. Una autopsia donde se estudiara el cerebro del Quijote hubiera desvelado secretos, quién sabe, si la legislación y cultura de la época y los conocimientos científicos -incipientes, en todo caso- lo hubieran permitido. No pudo ser, y punto. Pero ¡sorpresa! No se estudiaban cadáveres “normales”. La gente pobre enferma más y sus cuerpos albergan huellas de muchas enfermedades. 

Muchas cosas han cambiado desde entonces. El estudio del cerebro, por ejemplo, ha revolucionado la medicina, especialmente en el área de la neurología, la psicología y la psiquiatría. Se dice que de poetas y locos, todos tenemos un poco. Pero la verdad que la “locura” ha creado manicomios y otros ambientes de terror. Pero gracias al avance del estudio del cerebro se ha aliviado esa penuria. El extraño Dr. Thomas Willis en el Siglo Diecisiete, abordó las enfermedades mentales desde una perspectiva farmacológica. Fue uno de los primeros en afirmar que el alma estaba en el cerebro. Hay que leer las obras de Oliver Sacks (Despertares; Veo una voz, etc,) para valorar la química del cerebro.

De pronto, enfermedades mentales intratables en el pasado pueden ser aliviadas hoy con químicos específicos, como el Mal de Tourette, trastorno obsesivo compulsivo, depresión, Alzheimer y otras. En el universo atómico de nuestros cuerpos, simples elementos reaccionan con otros. Conocer cómo interactúan y funcionan puede ayudar a comprender y curar muchas enfermedades, tanto orgánicas como mentales. También por qué el ser humano toma decisiones. Se dice que el inconsciente prevalece sobre la lógica en las decisiones. Los que saben usan ese conocimiento en comercio, mercadeo y política para llevar agua a su propio molino. Se decide más por sentir que por pensar.

(*) Fernando Luis Arancibia Ulloa es periodista. Médico pediatra.
Magíster en Educación Superior y en Salud Pública

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Fernando Luis Arancibia Ulloa
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