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Editorial
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Un nuevo tribunal electoral
Jueves,  20  de Noviembre, 2014

Los miembros del Tribunal Supremo Electoral (TSE) lucen con las pilas puestas frente al proceso que se debe encarar de aquí al 29 de marzo del 2015, fecha fijada para los comicios departamentales y municipales, un desafío más grande, complejo y  también riesgoso, mucho más que  el que culminó el 12 de octubre  con muchas críticas, errores y también pedidos de disculpas, insuficientes para un organismo que debería actuar conforme a la ley y no simplemente a reglas de urbanidad.

Hay mucho trabajo por realizar, se debe depurar el Padrón Electoral, se tienen que hacer ajustes a los sistemas informáticos que fallaron en las elecciones pasadas; ya se inició un nuevo periodo de inscripción de votantes y se  están aplicando reglas renovadas  de reciente creación supuestamente para evitar las equivocaciones y garantizar la transparencia que requiere la elección de miles de ciudadanos que ejercerán las funciones de alcaldes, gobernadores, concejales y asambleístas departamentales. Para resumirlo, el TSE ha prometido todo un trabajo de reingeniería que incluye por supuesto, la renovación de una parte del personal y la contratación de técnicos idóneos que son los que hicieron falta  para impedir las irregularidades cometidas recientemente.

Todo eso está bien y la opinión pública lo valora, pero  no basta con hacer ajustes, cambiar y reestructurar la plantilla de informáticos. El TSE cayó en una crisis de credibilidad no solo por la falta de eficiencia  admitida por sus miembros, sino básicamente está cuestionada la independencia de un órgano clave en la democracia y que debe actuar con absoluta imparcialidad. Durante los meses previos a la votación de octubre,  el TSE hizo gala de su extrema sujeción a los dictámenes del oficialismo, careció de autoridad para hacer valer las normas que regulan la campaña y el resultado fue  una burda inclinación de la balanza a favor de los candidatos oficialistas, que se burlaron de las restricciones y prohibiciones, mientras que la situación fue extremadamente estrecha para los opositores.

De nada va a servir que las boletas estén a tiempo, que el cronograma se respete, que las máquinas funcionen a punto, si  no existen reglas igualitarias para todos. Se trata de una competencia en la que las condiciones deben ser las mismas para todos, sin importar que uno de los contendientes, que ahora goza de mayor poder y dominio sobre los recursos públicos ejerza sus influencias para torcer las cosas. De esa manera lo único que se va a conseguir es una democracia torcida.

El oficialismo se juega mucho más que la reafirmación de un liderazgo ratificado el pasado 18 de octubre, sino que buscará establecer definitivamente el dominio territorial que quedó trunco en las últimas elecciones regionales. ¿Estará en condiciones el TSE de ponerse firme ante el ímpetu manipulador? En realidad esa es la función más importante que debe cumplir.

Un párrafo aparte merece el padrón electoral, convertido en un reducto secreto desde que asumieron los nuevos miembros del TSE. No se puede repetir la irregularidad de ir a una elección ciega. El padrón es un documento público y debe estar sujeto a la revisión y al escudriño de todas las fuerzas políticas, la prensa y los expertos, para evitar denuncias, sospechas y malos entendidos.

El TSE cayó en una crisis de credibilidad no slo por la falta de eficiencia  admitida por sus miembros, sino básicamente está cuestionada la independencia de un órgano clave en la democracia y que debe actuar con absoluta imparcialidad.

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