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Editorial
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Así funciona nuestro estado
Miércoles,  30 de Julio, 2014

El caso del asesinato de Sandra Ramírez, la mujer con siete meses de embarazo cuyo hijo pudo sobrevivir, es el mejor ejemplo de que el Estado es un espectro inexistente en Bolivia, un esperpento imaginario, presente solo en los discursos de los políticos. Precisamente uno de los que más insistió en este tema fue el vicepresidente García Linera, quien habló de un “Estado Aparente” y propuso la consolidación de un “Estado Integral” que apenas existe para armar tarimas, hacer campaña, volar de un lado a otro y pagar botas y fusiles para amenazar y amedrentar a la gente que continúa reclamando respuestas coherentes del aparato público nacional.

Este crimen es una prueba irrefutable que la seguridad es nada más un slogan, un tema que aparece en agenda cuando ocurren hechos graves o cuando hay que hacer buena letra con los jerarcas y con la Policía, una institución que ha cobrado mucho poder por la politización de sus cuadros, por la amenaza de conflicto permanente y porque es uno de los elementos más importantes de la estrategia de protección y reproducción del poder hegemónico. Por más equipamiento que le doten a los policías, todavía estamos muy lejos de contar con una entidad profesionalizada, científica y libre de sospechas de corrupción que se encargue de proteger al ciudadano.

Tras recibir el disparo mortal, Sandra Ramírez fue llevada de un lado a otro hasta que cayó en buenas manos, en una clínica privada de reconocido prestigio. Como se sabe, desde hace mucho, en la ciudad funciona una red mafiosa de supuestos servicios de paramédicos, que en realidad son traficantes de situaciones de emergencia que tienen tratos con pequeñas centros mal equipados y con una ética muy torcida, dedicadas a lucrar con hechos similares. En este momento hay una de ellas que está reclamando por atenciones que no le brindaron a la desdichada mujer y a su bebé, que ahora atraviesa serias complicaciones por la falta de movilización oportuna. ¿Quién controla a esos criminales disfrazados de médicos, de enfermeras? ¿Acaso no hay personal que cobra sueldo y cumple horario para hacer ese trabajo en el Ministerio de Salud y en la Gobernación? ¿Quién le pone freno a las clínicas y los servicios de ambulancia irregulares? ¿Acaso el Estado boliviano no ha recibido la mayor dotación de ambulancias de la historia en los últimos años? ¿Son bien utilizadas?

La decisión de llevar al bebé de Sandra Ramírez a la clínica donde le salvaron la vida seguramente fue lo mejor que se hizo aquel día lleno de infortunios, pues trasladarlo a un hospital público hubiera sido añadir complicaciones, porque estos continúan con los problemas de siempre: largas esperas, deficiente administración, falta de espacio, atención en camillas y displicencia frente al público. La abundancia de recursos ha permitido equipar mejor y construir más hospitales, pero lamentablemente, los objetos no hacen gestión y no solucionan los problemas que debería atender un Estado que se ocupa, que atiende, que supervisa y facilita.

Como corresponde, la clínica que salvó al bebé pasó la cuenta y tal como sucede en este país en el que la salud no tiene dueño y donde tienen que ser las monjas, los curas y las damas voluntarias los que sacan la cara por los pacientes, los familiares del niño se vieron obligados durante toda una semana a recorrer canales de televisión, golpear las puertas de candidatos y a llorar en público para conseguir una respuesta. Finalmente, una actitud voluntarista de la Gobernación se hizo cargo del asunto, prometiendo un seguro de dudosa sostenibilidad. Así funciona nuestro Estado.

El asesinato de Sandra Ramírez, la mujer embarazada que recibió un disparo, desnuda la inexistencia de un Estado capaz de reaccionar y atender las necesidades de la gente.

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