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Editorial
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Calvario en la doble vía
Martes,  3  de Diciembre, 2013

En el kilómetro 10 de la carretera a La Guardia existen 30 metros que reflejan muy bien la calidad del Estado que tiene Bolivia. Es un cortísimo trayecto, que ocasiona embotellamientos hasta de tres kilómetros y retrasos de hasta media hora, sobre todo ahora que lo están reparando, aunque ese tramo ha sido problemático desde que se inauguró la famosa y polémica “Doble “Vía” construida hace más de diez años con muchos cuestionamientos como el sobreprecio y la mala calidad de los trabajos y el material utilizado.

Desde que hace dos años se eliminó el cobro del peaje en el kilómetro 13 por un afán del gobierno populista de darles gusto a los extractores de ripio del río Piraí, la carretera de 21 kilómetros quedó prácticamente huérfana y ni la Administradora Boliviana de Carreteras, la Alcaldía de La Guardia o el Municipio de Santa Cruz quieren hacerse cargo del mantenimiento. Todo el mundo se pregunta cuándo podrá funcionar el modelo autonómico, porque el centralismo, que maneja el 85 por ciento de los recursos públicos del país sigue ignorando los verdaderos problemas de la población y constantemente trata de librarse de sus responsabilidades.

Obras son amores, dice el refrán, pero sin mantenimiento, el beneficio es efímero y eso es lo que suele ocurrir en Bolivia: tras largos periodos de presión y exigencia, las obras terminan construyéndose, pero la falta de sostenimiento suele volver las cosas a cero, como ocurre con muchas carreteras que se quedan sin capa asfáltica. Y ese es el riesgo que corre la doble vía, pues a partir del kilómetro 9 el deterioro es evidente y los grandes baches pueden terminar como esos 30 metros, llenos de barro, charcos, pozos y piedras regadas, mientras un grupo de indígenas ayoreos pide monedas a cambio de darle unas paladas al problema.

Cuesta creer que estemos a punto de mandar un satélite al espacio cuando hay problemas elementales que no somos capaces de resolver, cuando hay cosas que se hacen tan mal como esos puentes sobre los canales de drenaje, literalmente patas para arriba, cuando hay cientos de obras que quedan inconclusas, mal ejecutadas y que constantemente representan dificultades para el ciudadano común que paga las consecuencias de la inoperancia. Obviamente, esos 30 metros, que han sido un calvario durante tantos años y que siguen siéndolo con una labor de reparación que lleva más de dos meses cuando debió hacerse tal vez en una semana o dos, son el testimonio palpable de que el sector público en Bolivia, ya sea en sus formas nacionales o como gobiernos intermedios, sigue actuando de espaldas a la ciudadanía, sin visión de servicio y siempre con angurrias de acumulación y de satisfacer intereses particulares.

Parece exagerado dedicarle todo un análisis a esos 30 metros, pero lo excesivo es la desidia de la gente, la ineficiencia extrema de los funcionarios, la acentuada tolerancia de los usuarios que transitan todos los días por el lugar y no hacen escuchar su queja por semejante maltrato. Esos 30 metros representan todas las obras mal hechas, los sobreprecios, las “decisiones políticas” que priman sobre la racionalidad, el despilfarro en asuntos suntuarios y superfluos, la falta de control y la falta de credibilidad de un Estado que no termina de conformarse.

Desde que hace dos años se eliminó el cobro del peaje en el kilómetro 13 por un afán del gobierno populista de darles gusto a los extractores de ripio del río Piraí, la carretera de 21 kilómetros quedó prácticamente huérfana y ni la Administradora Boliviana de Carreteras, la Alcaldía de La Guardia o el Municipio de Santa Cruz quieren hacerse cargo del mantenimiento.

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