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Editorial
El tacú de papel
Los dueños del monte
Martes,  24 de Septiembre, 2013

Se imagina, estimado lector, un encuentro internacional de pueblos indígenas originarios, donde los representantes de comunidades ubicadas en territorios diametralmente opuestos (norte y sur, por ejemplo), discuten acaloradamente sobre la propiedad intelectual y material de un determinado ritmo musical? Lo anecdótico del asunto es que discutían en el mismo idioma hasta que cayeron en cuenta de sus extraordinarias similitudes, lo que derivó en el reconocimiento de posibles orígenes comunes y la necesidad de repensar la historia. Ocurrió entre representantes de una comunidad sudamericana y otra del Norte, según un experto en asuntos indígenas.

Esta interesante página extraída del libro de los hombres retrata cuán importante es la tradición oral en la cultura de los pueblos originarios de América. No es necesario aguzar demasiado el ingenio para imaginar los escenarios donde los relatos existenciales, acompañados de ritmos musicales nacidos de las entrañas de su convivencia con la naturaleza, jugaban su rol educativo. Explica también por qué los habitantes de la “Tierra sin mal” se consideran parte consustancial del monte. Los conquistadores europeos que buscaban la Ciudad de Oro, pudieron comprobarlo, como Fernando de Orellana en agonía, abrazado de un árbol, llamando a Balú, la amazona.

El respeto a la Naturaleza es denominador común en los pueblos indígenas originarios. Una tradición isoseña –en tierra cruceña que celebra su efeméride cívica- habla de las leyes y reglas implícitas que rigen las relaciones entre el hombre con plantas, animales y lugares, que configuran un sistema de creencias generadas alrededor de los “Dueños del Monte”, o los dueños de la tierra: Kaa-Iya, en guaraní. Según la tradición, los Tumpa son creadores de las especies animales y vegetales, mientras que los Iya son sus dueños en la tierra. De esta manera, cada Iya es responsable de un tipo de ser vivo. Para tomar algo del monte, se pide permiso con respeto. De lo contrario el monte castiga.

Se dice que los Dueños del Monte preservan los bosques secos, como el bosque chiquitano, y también los bosques húmedos, como la selva amazónica, y con ellos a todos los seres vivientes que los habitan. Cuando los cazadores furtivos, los que matan por deporte o placer –y no por la extrema necesidad del hambre- ingresan al bosque, suelen sufrir accidentes inexplicables. Se ha sabido de escopetas que al dispararse han herido mortalmente a sus propietarios o acompañantes. También es algo sabido que los cazadores urbanos confunden a un compañero con un animal y le disparan, lo hieren o quitan la vida sin querer. Los Dueños del Monte castigan la osadía de cazar sin permiso.

Los Kaa-Iya habitan el cerro, las lomas y los ríos. En las fiestas septembrinas de nuestro sincretismo cultural, debemos recordar su presencia en la Naturaleza, porque al final ellos son los propietarios de siempre. Los demás somos los advenedizos. Quienes quieran vivir en la Tierra sin Mal están obligados a saber las leyes que rigen la Naturaleza, donde lo que se toma por tomar tiene su efecto en cadena. Quien ha leído sobre el “efecto mariposa” sabe lo que afirmo: Un aleteo en América y enseguida un cataclismo en Asia. Los que saben dicen que es el efecto de unos factores sobre otros hasta un resultado final, que es el nuevo principio de todo. Lo saben los Dueños del Monte.
(*) Fernando Luis Arancibia Ulloa es periodista. Médico pediatra.
Magíster en Salud Pública y Educación Superior

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Fernando Luis Arancibia Ulloa
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