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Editorial
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La historia se repite
Domingo,  1 de Septiembre, 2013

No hay que recurrir al INE (por favor no) para hacer una encuesta y descubrir que la mayoría de los mendigos que extienden sus manos en busca de una monedita en las principales ciudades del país, provienen de Potosí y de Oruro y más concretamente de los centros mineros o de comunidades aledañas, de donde los precolombinos, los colonizadores, los republicanos, los liberales, los dictadores, los demócratas, los neoliberales y ahora los plurinacionales vienen saqueando incuantificables riquezas desde hace cientos de años.

Esos centros mineros han servido para dar de comer a generaciones de burócratas, de dirigentes políticos, sindicalistas y líderes con gorra o sin ella, menos para crear una base productiva que le permita a ese humilde orureño o potosino vivir dignamente y no someterse al peligro y la humillación de ir a las capitales a pedir limosna.

Hace poco, el expresidente de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), Daniel Hurtado, dijo que esa empresa estatal se encuentra prácticamente en quiebra y que el país está al borde de un nuevo proceso de “relocalización” como el que se vivió a principio de los años 80, cuando la caída de los precios de los minerales y la mala administración de las compañías estatales obligó a cerrar las minas y dejar sin trabajo a miles de trabajadores que se convirtieron en vendedores ambulantes, taxistas, albañiles, mendigos y cocaleros en Santa Cruz, en Tarija, Cochabamba o La Paz.

El funcionario no duró mucho en el cargo después de haber hecho semejante afirmación, pues estaba denunciando uno de los hechos más vergonzosos del “proceso de cambio”: estamos por repetir una experiencia dolorosa, pero justamente cuando los precios de los minerales exportables han estado batiendo récords históricos en la última década.

Lo que afirmó no es un secreto y tampoco es nuevo, pues es conocida la situación de Huanuni, el mayor yacimiento de Bolivia, donde las huelgas, los supernumerarios y el derroche han provocado graves pérdidas y la amenaza de convertir en inviable a un emprendimiento productivo en plena época de bonanza, algo que justamente amerita un “chitón” como el que le aplicaron a Hurtado, quien ha sido sustituido por alguien que ya anunció un proceso de reestructuración.

El problema que anuncia el servidor público echado de la Comibol es apenas la punta del iceberg, pues este año parece consolidarse una tendencia a la caída de la demanda de minerales a nivel mundial, lo que ya se hace palpable en una fuerte reducción de las exportaciones bolivianas en varios rubros como el estaño y el plomo. De prolongarse esta situación, los ingresos del país se verán seriamente restringidos, pues dependiendo del periodo, las exportaciones de minerales representan entre el 30 y el 40 por ciento.

Una vez más el país está ante las puertas de un nuevo ciclo negativo (menos mal que todavía tenemos el gas) al que nos conduce la falta de una estructura productiva sostenible, alejada del extractivismo y el carácter enfermizamente primario de nuestra economía, que nos hace dependientes y frágiles.

Hace poco, el expresidente de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), Daniel Hurtado, dijo que esa empresa estatal se encuentra prácticamente en quiebra y que el país está al borde de un nuevo proceso de “relocalización” como el que se vivió a principio de los años 80, cuando la caída de los precios de los minerales y la mala administración de las compañías estatales obligó a cerrar las minas y dejar sin trabajo a miles de trabajadores que se convirtieron en vendedores ambulantes, taxistas, albañiles, mendigos y cocaleros en Santa Cruz, en Tarija, Cochabamba o La Paz.

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