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Editorial
Tribuna
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Domingo,  30 de Junio, 2013

El evangelio de Lucas 9,51-62 que nos ofrece la liturgia de este domingo trece del tiempo ordinario nos presenta a Jesús tomando “una decisión de ir a Jerusalén”. Diez capítulos dedicará el evangelista a mostrarnos cómo Jesús camina con sus discípulos hacia Jerusalén dándoles una serie de enseñanzas. Esta subida de Jesús hacia Jerusalén está en la determinación de cumplir la voluntad del Padre, dar la vida en rescate de la humanidad. Jesús se siente libre para morir en la cruz. Él sabía que con su muerte en la cruz iba a realizar el sacrificio redentor de la nueva alianza, nueva y eterna después de esta no habrá otra alianza. Esto es lo que actualizamos en cada eucaristía.

El camino hacia la ciudad santa de Jerusalén que realiza Jesús no lo hace solo. Le acompañan sus discípulos. Ellos tienen que experimentar la muerte de Cristo pues van a ser los que lleven por el mundo entero la Buena Noticia del Dios amor que nos amó sin medida dándonos a su Hijo que ofrendó, su sangre por nuestra salvación. Este itinerario físico de subir a Jerusalén tiene una lección grande, un profundo sentido espiritual. Significa estar con Cristo en la inmolación, hasta restablecer el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia.

El tema de la vocación está muy presente en las tres lecturas de hoy. En la primera lectura se nos cuenta en el libro de los reyes la vocación de Eliseo. Este hombre llamado por Elías decide dejarlo todo para seguirle, pero le pide permiso para despedirse de sus padres; este gesto no tenía ningún viso de dar largas a la decisión libre de dejarlo todo, muestra más bien la radicalidad en quemar los aperos y ofrecer la carne de los bueyes como señal de despedida a sus parientes y empleados. Cristo no dejará, como vemos en el evangelio, ir a enterrar al padre, ni al otro despedirse de su familia.

En el evangelio de hoy encontramos una serie de respuestas a los que querían seguirle que están caminando con él hacia Jerusalén, que nos llaman sobremanera la atención por la dureza aparente. No debiéramos tomar al pie de la letra las respuestas de Cristo, sino que son una manera de expresar la necesidad de la radicalidad del seguimiento que él pide y la urgencia de la respuesta de los llamados; pues hay mucho trabajo por hacer. No hay que distraerse en cosas secundarias, hay que decidirse por lo principal.

El primero que se acerca a Jesús, le dice: “Te seguiré a donde quiera que vayas” (Lc 9,57). Hermosa y libre determinación. Cristo le responde: “las zorras tienen madriguera y los pájaros nido...” (Lc 9,58). Claramente muestra que sus seguidores no pueden esperar una vida cómoda, privilegios, pues él no “tiene donde reclinar su cabeza” (Lc 9,58).

La segunda respuesta de Jesús no desautoriza la obligación de cuidar a los padres, la buena obra de enterrar a los muertos. Está expresando como él viene a establecer un orden nuevo. Ese orden exige un abandono de los lazos más profundos y sagrados para retomarlos después y elevarlos ya purificados. El anuncio del Reino apremia. El amor familiar renace con nuevos bríos desde la perspectiva de la fe.

En este Año de la Fe todos estamos invitados a revivir nuestra fe. Sería importante que cada uno piense y examine con valentía que está impidiendo día a día el seguimiento fiel de Jesucristo, por las exigencias familiares que se interponen, no pocas veces, entre Dios y nosotros. Jesús dice: “El que pone mano al arado y mira atrás no es digno del Reino” (Lc 9,62). El dedicar más  horas a la semana a la evangelización, la catequesis, visita a enfermos, a los pobres, nos exigen dejar por un tiempo la vida familiar, las amistades, las fiestas...

Aparecida, Asamblea de los obispos de América celebrada en el año de 2007 en Brasil, ha hecho un llamado urgente a los cristianos católicos para que vivamos en Misión Permanente. Está pidiéndonos que seamos discípulos misioneros. No son pocos los problemas que hay en la vida de los cristianos. Algunos han reducido el seguimiento de Cristo a unos ratos de ocio en el domingo. Ahí tiene origen los problemas de la vida espiritual: no hay tiempo para Dios, no se le da importancia, no hay cambios a pesar del llamado a anunciar a Jesús.

Dios nos ha dejado un gran don: la libertad. Jesús se ha ido a los cielos y ha dejado el crecimiento de la Iglesia, del Cuerpo de Cristo, en nuestras manos. Podemos decir Sí al Señor y también lo contrario. La libertad no es la capacidad de seguir lo que se nos ocurre o viene en ganas. Eso sería ser esclavos del propio egoísmo. La libertad auténtica es dejarse orientar por el Espíritu Santo y seguir a Jesús. San Pablo en la segunda lectura de hoy, Gálatas 4,31-5,1.13-18 nos dice: “la vocación de ustedes es la libertad”. La libertad entendida cristianamente no es el libertinaje, el libre albedrío desenfrenado, sino que está basada en la exigencia del amor: “sean esclavos los unos de los otros por amor” (Gal 5, 13).
 

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Jesus Perez
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