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Tome pa su like
Jueves,  6 de Septiembre, 2018
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De un tiempo a esta parte estamos inmersos en un océano de la exposición constante, de lo inmediato y lo bonito. Todos queremos cambiar el mundo y hacer cosas extraordinarias, ser vistos y reconocidos, pero no muchos estamos comprometidos con la tarea de trabajar diariamente para generar estos cambios o estas propuestas que ayudarían a crear una mejor sociedad. Muchos quieren influenciar en el resto, pero a base de escenarios pintorescos y un look descontraído [despreocupado], sin liderazgo real en alguna área. Por supuesto que hay líderes de opinión, y también hay quienes opinan y no son líderes, pero nos quedamos distraídos con los que tienen mayor éxito mediático que con aquellos que pueden decir algo coherente. Las ganas de generar seguidores a toda costa se ha vuelto una tarea en la que muchos son capaces de disfrazarse y de vender individualidades tan iguales que al navegar en los perfiles de estas personas empacha la vista. Lo imperdonable es que seguimos navegando, como si no hubiera escapatoria. Mi cuestionamiento no transita el camino de decir qué es lo bueno y lo malo, o qué es lo qué se debe hacer y qué es lo que hay que desechar. Porque no tengo la respuesta a estas preguntas y cada persona sabe o intuye que es lo que mejor le va, de acuerdo a lo que quiere proponer y a cómo quiere vivir. Lo que me ando preguntando a menudo es: ¿Qué es lo que estamos consumiendo como sociedad? ¿A qué le prestamos atención y tiempo? 

hace falta leer y escribir. Somos una sociedad consumista y eso puede ser bueno, porque generamos movimiento, pero creo que nos falta enfocar bien y además consumir con purpurina, conocimiento y experiencias que ayudan a construir un mejor entorno, ergo, mejores personas. Nos hace falta pensar lo que decimos,  decir lo que pensamos, pensar lo que pensamos y hacer lo que decimos que pensamos. Nos hace falta leer y escribir, nos hacen falta muchas cosas, como siempre. Podemos comenzar haciéndolas como individuos para fortalecer nuestro entorno cercano y así influir en los que nos rodean de manera positiva. Que la gente que está cerca quiera escucharnos porque decimos cosas edificantes y no sólo porque nuestro zapato es de la marca tal, comprado en la tienda aquella. En este momento, donde mirar lo que se comparte en las redes demanda más horas que una buena lectura, o nos resta tiempo de hacer y producir, o de salir al teatro, porque se ha vuelto crucial ser más selectivo con lo que se deja entrar a través de las notificaciones en el teléfono. Se ha vuelto fundamental escuchar a quién tiene algo que decir. Decir algo coherente parece ser una cualidad excéntrica. 

¿Qué es lo que estamos consumiendo como sociedad?. Miramos fotos de muchas personas en las situaciones más extrañas posibles, de viajes a lugares insólitos y de todo lo que compran, y de cómo sonríen sin que se les arrugue la mirada. Estamos consumiendo la cotidianidad del otro y las aventuras armadas de falsos personajes, estamos recibiendo constantemente consejos de cómo la felicidad se encuentra subido a una alfombra mágica en el lejano oriente y también detalles de dónde comer una hamburguesa hipercalórica que no engorda, pero no le damos bola a discursos propositivos. Nos dicen que la fama es importante y que el éxito no requiere esfuerzo, también nos cuentan cómo hay que vestirse según las últimas tendencias, pero nadie nos dice, por ejemplo, cómo podemos afectar positivamente en nuestro barrio, nadie nos cuenta sobre la vida de pintores o escritores que aún viven y hacen obras, nadie nos influencia en ir al cine y debatir sobre la última película, nadie habla de que el valor como ser humano se lo da uno mismo y no lo que te pongas para tapar tu verdadero yo y que el crecimiento integral debería ser una búsqueda diaria. Bueno, para ser honesta, sí hay personas que nos dicen buenas cosas, sí hay quienes se despeinan haciendo que la cosa no muera, pero no les damos pelota como sociedad, o no tanta como deberíamos. Hay noches de proyección de cine con salas vacías, hay obras de teatro con treinta espectadores, hay tiendas con productos de diseñadores bolivianos que tienen que cerrar porque no hay una cultura de consumir lo nuestro, y hasta se llama a la prensa para conversar sobre producción artística y te mandan al fotógrafo de sociales, hacen copy-paste de lo que encuentran en las redes porque no tienen tiempo. No hay derecho.  ¿A qué le prestamos atención y dedicamos tiempo? Andamos mirando lo que hace el de al lado, y dejamos de hacer, ya que estamos dejando que pase la vida al mirar a través de la pantalla lo que hace el resto, o al menos lo que dicen que hacen. Y lo que es aún más traumático, estamos promocionando la cultura de los “me gusta” aunque lo expuesto sea absurdo. Quien más likes tiene, es mejor, es influencer. Le damos like a la foto de un amigo, a algún video de recetas fáciles de cocina y a alguna lectura interesante (que muchos leen sólo el título y no dan ni siquiera click para leer el contenido), no le damos like a quien hace algo distinto a lo que todos hacen, somos mezquinos con los “me gusta” y los “me encanta”, porque, quién sabe, ya que siendo generosos los otros tendrán más notoriedad que uno. Nos creemos dueños de los likes como si fueran un tesoro invaluable y, por esto, el que los recibe los espera como si se tratara del aliento vital para seguir. Y en medio de tanto bla bla, tal parece que los discursos que valen la pena disminuyen porque “no es lo que quiere el promedio”. Este promedio cada vez más dormido y mediocre. Volviendo a la sinceridad, claro que nos genera placer ver que a muchos “les gusta” lo que pusimos, es una nueva manera de decir “te escucho, te veo, te apoyo”, aunque prefiero la manera antigua de llamar y decirlo, o de encontrarse con las personas y decirlo también. Deberíamos lograr que eso que pusimos sea una pequeña exposición de lo que hicimos, de lo que hacemos, y no una impostura para decir que hacemos, para decir que decimos. Y aquí es donde me detengo, en eso que estamos generando como sociedad. No es un mal de Bolivia, o de Santa Cruz de la Sierra, es una pena global que lo virtual le gane a lo real, y que la preocupación sea justo eso, invertir en lo virtual y destacarse ahí, en un mundo que ayuda pero que no existe.

hagamos las cosas porque queremos hacerlas, porque eso es lo que amamos. Los que hacemos y trabajamos todos los días, en producir no solamente obras pero además conocimiento y crítica, los que curiosamente nos acercamos a problemas para tratar de resolverlos o simplemente analizarlos, probablemente estemos proponiendo con nuestro trabajo cosas de valor o generando un diálogo. Los que solamente prefieren los likes y hacen cosas para ello, y únicamente buscan que la luz los alumbre y no son responsables por lo que hacen, tienden a caer en el oportunismo mediático y ayudan a que el consumo de nuestro entorno esté contaminado, y que los más jóvenes se crean el cuento ese de la popularidad instantánea, del poco esfuerzo y de que un influencer es quién siempre está sonriente en un jardín fuera de foco bajo un cielo con alto contraste. Que el buscar “me gustas” en cada acción en el área que nos toca trabajar, no se vuelva un medio ni un fin, que hagamos las cosas porque queremos hacerlas, porque eso es lo que amamos, lo que perseguimos, lo que nos da la gana hacer. Que la vida, la real, no se vuelva en un reflejo de las redes, de andar buscando aprobación porque seguiremos siendo presos de los “me gusta”. Dejemos que la persona que hay dentro de nosotros pueda fluir sin sentir la presión del entorno. Invirtamos segundos saludando amablemente a las personas, en vez de derrochar tiempo buscando hashtags, defendamos el derecho de no ser perfectos y no pretender posar con filtros (podemos posar y buscar nuestro mejor ángulo, pero siendo quienes somos), en buscar el equilibrio de lo que soy y de quién digo que soy, el poner de moda la verdad y el trabajo esforzado, en colaborar porque trabajando en equipo se generan transformaciones verdaderas en nuestra ciudad. Tengamos miles de seguidores reales si queremos, o seamos sencillamente solitarios y si alguien nos sigue, que vean que no botamos basura mientras caminamos, que cruzamos por el paso de cebra y si estamos conduciendo, frenamos para que los otros pasen, porque tenemos la convicción de hacerlo, no porque nos están mirando. Tengamos presente que la piel se envejece y que la lluvia moja, que la sabiduría se nutre de vivencias y no de snaps. Ayudemos a construir una cultura con identidad, a compartir lo bueno y mandar mensajes directos a quienes hacen las cosas bien o a quienes pensemos que podrían hacerlas mejor. Sigamos a los que hacen ciudad en cada acto, demos like no solo en las redes, si no también asistiendo a las convocatorias, leyendo libros importados y de producción nacional, comprando arte y generando debate de temas relevantes. Tome pa’ su like usted que vive, trabaja  y hace que la cosa funcione.

Roxana Hartmann Artista Visual roxanahartmann@gmail.com