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Tribuna
La vida nueva
Domingo,  30 de Abril, 2017

Hoy es el segundo domingo de Pascua y,  el evangelio nos presenta la primera y segunda aparición de Jesús resucitado, quien es el mismo de antes de morir en cruz.  Ahora tiene vida de resucitado, vida gloriosa, ya no está sujeto al dolor, a la persecución... Cuando se aparece la primera vez en el cenáculo no está presente el apóstol Tomás. Pero sí, en la segunda aparición. Las apariciones tienen la finalidad de reafirmar la fe de los discípulos en el hecho fundamental de la resurrección. Las apariciones son encuentros con Cristo que pasó de la muerte a la vida. Vida nueva es la que tiene Cristo ahora. Los apóstoles tienen una experiencia de una vida nueva en Cristo. Es una experiencia de fe con una base objetiva.

Santo Tomás dijo a los discípulos que  no creería que Jesús había resucitado: “si no veo las llagas en sus manos y pies, y si no meto mi mano en su costado no creeré”. Hoy día escuchamos a algunos  que dicen: “Ver para creer como dijo santo Tomás”. Estas palabras suenan más a incredulidad que a búsqueda de argumentos para la fe. Más aún, estrictamente hablando, lo que se ve, ya no se cree. La visión desaloja la fe, como la posesión de lo deseado acaba la esperanza. Ver es dejar de creer, la fe se hace imposible ante la total evidencia. Santo Tomás vio y creyó. ¿Pero qué vio y en qué creyó? ¿En que creemos nosotros los cristianos? Estas preguntas han tenido a lo largo de la Iglesia varias respuestas. Por ejemplo, algunos piensan que vio  al hombre y creyó en Dios, vio a Jesús su Señor y lo reconoció  como a su Señor. Ante la presencia de Jesús resucitado y la visión de las llagas de la Pasión –ahora gloriosas-  exclamó: “Señor mío y Dios mío”. No creyó en lo que vio, sino que creyó porque lo vio.

Todas las apariciones de Cristo resucitado tienen lugar por la iniciativa de Él mismo. El Señor  aparece y desaparece en forma inesperada, incluso cuando las puertas  están cerradas. Ninguna aparición sucede de noche, ni en sueños, ni  es provocada por la ilusión,  expectativa o alucinación subjetiva del grupo de los  discípulos, como llegó a afirmar  la crítica racionalista, en plena contradicción con los hechos que nos narran  las Escrituras.  Los apóstoles  rudos y sin letras, no eran proclives a especulaciones y  montajes ideológicos.

Tomás se vio privado de la primera aparición por haber abandonado la comunidad. Desde el principio, la comunidad cristiana era  una comunidad eucarística, que se reunía cada domingo para celebrar el mandato de Cristo al instituir  la  eucaristía y el sacerdocio: “Hagan esto en memoria mía”. Esto es lo que hacemos en la misa, cada domingo. Para el cristiano, cada domingo es Pascua, la Pascua semanal.  Hoy el evangelio hace una catequesis del Día del Señor, o sea, del domingo. La participación en la eucaristía, cada domingo, es un momento muy significativo para nuestra vida cristiana, en que nos encontramos no sólo con Cristo, sino también con los hermanos. Los primeros cristianos eran  muy fieles en reunirse todos los domingos, para celebrar la Cena del Señor”. La eucaristía es como una inyección necesaria para vivir más intensamente la vida nueva que nos dio Cristo en el bautismo. Ojalá que conociéramos la carta de Juan Pablo II, sobre el Domingo.

Sucre, 28 de abril de 2017. 
Fray Jesús Pérez Rodríguez. O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre.

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