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Mirando de abajo
Bienvenido futuro
Martes,  11  de Diciembre, 2012

Mientras Evo Morales baila en España y agita su manita saludando exactamente como lo hacía Laura Bush, en ciento ochenta grados con los dedos en abanico, se pasa una premeditada y mentirosa Consulta sobre el Tipnis, se destapa una red de extorsión y robo que va mucho más alto que los detenidos actuales y que quedará en nada; El canciller prepara un happenin’ de alucinaciones como describe Díaz Arnau en una columna hoy; los pastos sintéticos de las inservibles canchas de fútbol que el presidente levanta en el yermo se secan de antemano y etcétera, etcétera, en el país más surreal del planeta, de ministros verborrágicos cuando se trata de atacar a los rivales y extrañamente mudos cuando el vicio señala a sus puertas no muy transparentes.

Tal vez es tiempo de dejar hacer. Que el castigo natural, ya que no divino, caiga encima de una tierra que no se respeta, donde todo se compra y todo se mata, la nación depredadora por naturaleza, ambiciosa, febril, mísera, ignorante, y no hablo con los fantasmas de Alcides Arguedas sino de una realidad que nos persigue de antiguo. Dejar hacer, permitir destruirse, suicidarse Bolivia, dorar la píldora con dinero fácil del narcotráfico, no crear ni fundar nada, impedir la industria, acabar con los cultivos, excepto el de coca, en fin, lo que se hace y no va a dejar de hacerse hasta que no quede nada y el hambre asole ya libre de obstáculos.

¿Pesimismo? Tal vez. Falta de confianza, otra experiencia. No faltará quien despotrique, gente que escribe para que le paguen el almuerzo, que alabe los notables y falsos avances del proceso de cambio e idolatre la figura del mayor estafador hasta darle ribetes de dios. A ello estamos acostumbrados, por algo pesa con aire de insulto el vocablo “altoperuano”, preciso para definir lo que somos, la izquierda, la derecha, el centro, cualquiera y doquiera, de un estado donde los últimos patriotas parecieran haber perecido doscientos años atrás. Sé que soy injusto con gente valiosa, quizá muy poca para presentar un equilibrio, cada vez más hundida y solitaria, atenazada, amenazada y distraída con la falacia de las construcciones, el dinero en movimiento, cosas que no explican per se que el lugar progresa; muy por el contrario, implican lo otro, la sentencia que tarde o temprano ha de ser ejecutada, cuando sea demasiado tarde, o cuando se haya convertido a la población en un hato de bestias al que se tirará un mendrugo y se fiscalizará hasta el aceite que usa para cocinar, donde no se necesite trabajar porque el gobierno “provee”, y el socialismo de la miseria extrema y compartida materialice el paraíso tan nombrado.

Lo que sí, si queda conciencia, y hay atisbos de planificar una Bolivia mejor, y si logramos levantarnos de la ruina en que ha de quedar el paso del terremoto masista por la tierra, expoliados y robados al extremo, tenemos que recordar, no olvidar los nombres, de arriba abajo para de acuerdo a la ley hacer que paguen sin falta sus fechorías.

El bandidaje, cuando es individual y dadivoso, se torna incluso romántico. No existe crimen mayor que el bandidaje oficial, con esquema organizado de saqueo. La patria, un término ambiguo en mi opinión, sale a flote en casos desesperados como el de ahora, retoma su significado y tal vez sirva para recuperar. No sé.

Cuando las topadoras derriben los primeros árboles del Isiboro-Sécure, a pesar de que ya ha sido invadido hace mucho por la lacra cocalera, entraremos en otra etapa, la del cáncer terminal. Un paso e irán detrás el Madidi y otros refugios de esperanza. ¿Para qué? Para llenar la ambición desmedida de millones que tienen los “revolucionarios” de la bandera azul. Saben que esta es la última y la única y le sacarán el jugo, olvidando ya incluso su retórica ideológica. Agarren lo que más puedan y luego nos vamos. Porque saben, aunque sueñan con lo eterno, que de una manera u otra, tal vez porque ya no quede nada, se irán, dejando un Haití, una Somalia detrás para los ingenuos que se quedaron o no tuvieron a dónde huir.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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