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La nueva vida del 'Rey Topo'
Lejos de la farándula y las pasarelas existe una Santa Cruz mísera y escondida a los ojos de todos. Subterránea, una comunidad de drogadictos llamados 'topos', vive en los túneles de la ciudad. Uno de ellos fue su soberano.
Domingo,  21 de Octubre, 2012
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Al despertar, lo primero que hacían los pies de Gustavo Taboada era posarse sobre un charco de agua. Y es que el cuarto que habitó por años estará inundado por siempre. Son los mismos pies con los cuales escapó en infinidad de ocasiones de la Policía o enemigos con ganas de ajusticiarlo. Son los pies con los que pisó coca en el Chapare, durante la adolescencia de este hombre de 51 años que hoy vive para narrarlo, pues coqueteó con la muerte en varios pasajes de su vida, que en la actualidad lo tiene bien guardado en un centro de rehabilitación de la periferia cruceña, donde comparte junto a otros 108 compañeros el sueño de la reinserción definitiva.

Su memoria le recuerda que nació en el pueblo de Mineros, a 75 kilómetros de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en un hogar con un padre alcohólico y violento. Su madre no aguantaría más los vicios de su marido y se marcharía hacia la capital cruceña con los dos hijos mayores. El pequeño de Gustavo se quedó con papá; junto a él empezaría a ganarse la vida en trabajos de zafra en el monte, además de cursar la escuela hasta cuarto básico. Pero a los nueve años, su vida tuvo un giro brusco, pues la convivencia con su progenitor rozaba con lo inhumano. “Mi padre tenía una educación a la antigua además de ser alcohólico, era muy abusivo, me pegaba. Luego me mandó donde mi abuelo”.

Aún niño, Gustavo se alejaba de sus padres y terminó viviendo con su abuelo, quien trabajaba en una sala de cine, “6 de Agosto”, del popular barrio de Los Pozos. Allí también se vio obligado a ganarse el pan con la venta de tamales y refrescos; su labor se iniciaba a las cuatro de la mañana y terminaba a la una de la madrugada. Sin sueldo. Con esos horarios tuvo que olvidarse para siempre de los estudios.

Corazón que llora
Parte de la rutina de Gustavo para la venta en puertas del cine, era la de proveer de los alimentos en aquel “mercado chino” que es Los Pozos, ubicado dentro del primer anillo de esta ciudad plana y florida.

En una de esas jornadas, a los once años, a Gustavo se le partió el corazón. De compras en una de sus caseras, chocó con una señora que antes de reñirlo lo miró con abultada sorpresa. Era su madre, cargada de bolsas. El pequeño la abrazó y notó de inmediato la frialdad de ella. Aunque intentó acariciarlo, su madre le dijo que debía volver donde estaba, pues ella se había casado otra vez y no podría criarlo. Sollozando, Gustavo volvió sobre sus pasos y de a ratos giraba la cabeza para ver alejarse a quien lo trajo al mundo. No la volvería a ver nunca más.

De vuelta en el cine, el trabajo con el abuelo también le deparaba abusos. Por ello, en un acto de completa rebeldía, Gustavo le robó toda la recaudación y escapó hacia Puerto Suárez. “Estuve por allá casi un año hasta que se me acabó la plata, y como ya no podía volver a Santa Cruz por temor a encontrarme con mi abuelo o mi madre, me fui hacia el Chapare, donde empecé a trabajar cosechando frutas al principio, y luego en los cocales”, recuerda.

Aquellos sacrificados jornales obligaban a Gustavo y sus compañeros a la práctica futbolera, la cual derivaba en un festín de cervezas. Y en uno de esos cálidos atardeceres, la tentación. Después de exagerado licor, a uno de sus colegas se le ocurrió encender un “pitillo” (cigarro con tabaco y pasta base de cocaína) e invitarlo en ronda. Tras probarla, la vida de Gustavo ya no sería la misma.

“Siempre dije que lo iba a controlar y en un principio era así, hasta que llega un momento en que no te das cuenta y ya te estás drogando todo el tiempo”, cuenta. La curiosidad se volvió un hábito y luego un vicio. Aún así intentó salvarse a sí mismo; de retorno en Santa Cruz tuvo un hijo con una pareja casual y aunque intentó la convivencia, la droga pudo más.
“Trabajaba y solventaba mi vicio, pero en todos mis trabajos también empecé a robar. Me despedían y yo volvía a caer y peor en los vicios. Es que un adicto encuentra cualquier pretexto para no dejar de drogarse”, dice Gustavo con la mirada perdida.

Extraviado, empezó a solventar su dosis diaria con la venta de la misma. De este modo hizo su ingreso al inframundo del hampa.

“Vendía en varios lugares y me alcanzaba para mi consumo personal, no necesitaba mucho para comer, la 'base' te quita el hambre, la ropa no importaba y también empecé a vivir en la calle”. Allí, en tierra de nadie, comenzó a delinquir. “Robaba de todo, desde garrafas hasta radios de autos, me fue bien hasta que me agarraron y me metieron preso. El que roba sabe que en algún momento le tocará perder”.

Estuvo encerrado por dos años y devuelto a la vida social intentó volver con la madre de su hijo. Ella y su pequeño lo aceptaron y el matrimonio parecía consolidarse con la llegada de un nuevo bebé, hasta que una nueva recaída llevaría a Gustavo a tocar verdadero fondo.

Debajo del puente
Otra vez enviciado y en la calle, debía costearse el vicio y la mejor manera era vendiéndoles a otros como él. Así, en el delirio, hizo “amistad” con los pequeños, medianos, hasta llegar a los grandes distribuidores. Se convirtió en otro gran vendedor (man, pusher, en el lumpen delictivo) y el negocio le daría los resultados de un empresario exitoso. Pero al margen de la ley y de todo.

En esa faena de distribuidor de la droga más barata en el país (cocaína desde 20 bolivianos, marihuana 20 bolivianos, pasta base desde cinco), tuvo que encontrar un tugurio donde dirigir su pequeño imperio. Y se fue a vivir a uno de los túneles de desagüe del segundo anillo, escondido, donde convivió con una verdadera comunidad de drogadictos llamados “topos”, por vivir debajo del asfaltado suelo.

“Abajo hay muchas casas hechas con lo que se puede. La mía estaba hecha de losetas y una carpa”. Gustavo tenía una cama, un televisor plasma, un ventilador, una radio, entre otras pertenencias de su cuarto inundado. “Es que allí el agua no baja nunca, siempre está inundado”.

En total vivió cinco años en aquel submundo cruceño. Allí fue el "rey" que desde su mojado trono contempló toda la miseria. “Los chicos hacen lo que sea por la droga, por eso aparecían con aparatos de última, ropa y cosas que robaban para cambiarlas. Algunos se quedaban ahí a ‘pitear’ (fumar) hasta que se les terminaba y luego salían de nuevo a robar”.
Gustavo fue testigo de un hecho macabro. “Llegó un muchacho y se compró harta base, me pidió permiso para quedarse y yo le dije que podía estar en la carpa de al lado, porque yo quería dormir. Estuvo un día bien, se le notaba moverse, hasta que al segundo día ya no se movía más. Yo pensaba que se había quedado dormido, cansado de tanto fumar, pero luego, junto a otros que vivían ahí, nos dimos cuenta de que había muerto”.
Insensible (la droga no le permitía ese sentimiento), siguió fumando sus pipas diarias como de costumbre. Hasta que llegó el día de su redención.

El papá pródigo

Hace dos años más o menos, Gustavo continuaba su vida en el túnel del segundo anillo. Y tras una dura noche de droga, se desayunó una visita inesperada. Alguien, desde el asfalto, empezó a gritar papá. “Salí de mi cuarto y vi que eran mis hijos que me estaban buscando, recuerdo que ya se acercaba la Navidad y yo tenía mucha droga. Cuando los veo, incluso me inventé el pretexto de que tenía que hacer algo, solo para seguirme drogando. Los dos ya estaban grandes y me daba vergüenza”. 

Una fuerza sobrenatural lo ayudó, asegura. “Cuando uno es drogadicto no existe la familia ni nada, solo importa la droga”.
De esa manera, conmovido por el amor de sus hijos, Gustavo volvió a casa con la promesa de ingresar de inmediato a un centro de rehabilitación. Así lo hizo. “Las primeras semanas son las peores, uno quiere escapar del lugar para ir a comprar una dosis”. Pero con la ayuda de religiosos y todos los compañeros, Gustavo salió adelante. Ya lleva un año encerrado y bendice el momento en que tomó la decisión de salir del túnel. “He perdido muchos amigos y recién me doy cuenta a lo que había llegado. Estaba perdiendo a mi familia y yo me estaba muriendo lentamente”.
Su rutina en la actualidad es el trabajo mancomunado entre exadictos a las drogas y al alcohol en el centro Peniel. Siembran, cosechan, cocinan, estudian, crían animales, trabajan la madera, reciben visitas, juegan al fútbol. Gustavo lo hace muy bien. Con aquellos pies que naufragaban, ahora convierte goles. Y caminan por la buena senda.

Aseguran que en los centros 4 de 100 internos se recuperan

Un recorrido por varias fundaciones que se encargan de la rehabilitación de drogadictos en la ciudad de Santa Cruz refleja que por lo menos un 4% de las personas que ingresan en algunos de estos centros se rehabilita, incluso en casos tan graves como aquellos que implican a personas adictas por 30 años.

Richard Canelas, director de prevención y rescate de la Fundación Eben Ezer, aseguró a Fides que de 1.000 personas, por lo menos 40 llegan a rehabilitarse completamente, las mismas a su vez se convierten en acérrimos líderes para sacar a las personas que están en este inframundo de la drogadicción.

"Son muchos los testimonios de personas que lograron superar su adicción a la droga", asegura Canelas./Radio Fides

Marco Basualdo
autor : Marco-Basualdo
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