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No le interesan los números
Domingo,  26 de Agosto, 2012

Hoy cerramos la lectura del capítulo seis de San Juan. Vemos un final de fracaso humano de Jesús, quien ofrece lo más grande, su Cuerpo y Sangre como alimento para tener vida en él. Cristo no parece hacer intento por retener a los apóstoles que consideran “duro” su lenguaje. Al contrario, las palabras dirigidas a sus apóstoles tienen los visos de un desafío, “¿ustedes también quieren irse?” (Jn 6,67). Es como si les dijera: váyanse si quieren. A Cristo no parece interesarle el número, no vive en función de “rutinas”. El busca a cada uno y conoce a cada oveja.

En la primera lectura tomada del libro de Josué, el sucesor de Moisés fue el que introdujo al pueblo de Israel en la “tierra prometida”, convoca a una asamblea, para renovar la Alianza del Monte Sinaí y les pone una disyuntiva ¿a quién quieren servir, al Dios que les libró de la esclavitud de Egipto o a los dioses que van encontrando en los pueblos vecinos?

El pueblo de Israel contestó decididamente: “¡lejos de nosotros de abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!” (Jos 24,16). A pesar de esta determinación tan clara el pueblo de Dios está continuamente en su historia cayendo y levantándose, siendo fiel e infiel. Es que la tentación toca a todos y está presente siempre en la vida de todo mortal.

En este día de la ancianidad no podemos menos de admirar y aprender de tantos ancianos y ancianas que han llegado al final de sus días siendo fieles a los principios éticos y religiosos que aprendieron desde niños o jóvenes. Por ello, les felicito por ser fieles y por llegar a la cantidad de años que, consideramos de larga vida.

La disyuntiva que propuso Jesús a los discípulos y Josué, antes, al pueblo de Israel, sigue siendo válida hoy día, para todos, también para los ancianos. Cada cual en la vida y cada día tiene que optar: entre Dios y los dioses, entre el bien y el mal. Son las exigencias de la fidelidad. Cada cual es libre en escoger pero es necesario ser consecuentes con lo que hagamos.

Es muy conveniente reflexionar sobre el poco éxito de Jesús y puede consolarnos a todos los que nos esforzamos en las obras pastorales al comprobar el escaso resultado de nuestros trabajos. Pedro ante la pregunta de Jesús: “¿ustedes también quieren irse?” No entendió mucho al responder a Jesús; “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos que tú eres el Santo consagrado por Dios” (Jn 6,68). Ahí, a nombre de los otros compañeros, Pedro y, en él, los apóstoles han tomado la decisión de seguir a Jesús.

Dígase lo que se diga, el modo de hablar de Jesús fue duro, no podían entender nada como también era duro lo que Josué en nombre de Dios proponía al pueblo.

Hoy nos sigue siendo duro lo que nos pide Jesús en su evangelio. No sabemos lo que escandalizó más a los oyentes de Jesús para que llegaran a decir: “este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60). Por un lado, Cristo afirmó rotundamente que para tener vida eterna era necesario creer en él. Por otro lado, reafirmó que era necesario “comer su carne” y “beber su sangre”. Esto realmente era increíble, duro.

Hoy concluye la lectura del capítulo seis de San Juan y llega a su término un largo proceso de Jesús. A Jesús no le interesaban las multitudes que fueron detrás de Él para hacerlo rey. La gente quería otra cosa, soñaba con un rey que, les solucionara los problemas. Jesús fue poco a poco enseñándoles cómo cambiar, como trazarse otros objetivos, sin señalarles hacia donde quería llevarlos. Fue duro confiar en Jesús casi a ciegas, deponer sus propios objetivos y decirles que seguirían a donde les llevara, sin saber a dónde.

Las empresas de turismo señalan a sus usuarios un itinerario muy concreto a donde les llevarán, pero Jesús no brindó a sus seguidores nada. Solamente confiar en Él como le pidió Dios a Abrahán que salió de su tierra, sin saber a dónde iba.
Hoy, la sociedad, como en otros tiempos nos ofrece valores más agradables a corto y largo plazo. Al confrontar la Palabra de Dios que leemos en la Biblia y escuchamos en nuestros templos, vemos que Dios no piensa como nosotros, o nosotros no pensamos como Él. ¿A quién no le resulta duro poner la otra mejilla, el perdonar siempre al que nos ofende, cargar cada día con la cruz de la propia responsabilidad,  vivir  el matrimonio indisoluble y el vivir el celibato o virginidad? No podemos dejar de decirlo: los valores del Evangelio nos los aplaude el mundo, ni son nada fáciles vivirlos.

Al celebrar hoy la Eucaristía, en este día del Señor ¿optaremos por lo que Jesús nos enseña en su discurso del pan de vida? De los decididos se sirve el Señor. Jesús nos dice: “el que come mi cuerpo y toma mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6,54). ¿Nos decidiremos a recibir a Cristo Pan de Vida?.

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Jesus-Perez-
Jesus Perez
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