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El tacú de papel
La cueva de los tesoros
Jueves,  19 de Septiembre, 2013

La educación formal es una pérdida de tiempo, ha dicho el hijo de un famoso actor de cine norteamericano, agregando que esa educación trata de manipular la mente y moldear el carácter de las nuevas generaciones. La afirmación sonaría disparatada y la ignoraríamos si no reflejara el pensamiento de muchos jóvenes de hoy. Hace varias décadas, un intelectual boliviano, Mariano Baptista Gumucio, lo advirtió en su libro: “Salvemos a Bolivia de la escuela”. Y conste, mi estimado lector, que abordó este problema educativo antes que la Unesco encargara a Jaques Delor’s su célebre informe: “La educación encierra un tesoro”, clamando por la urgente transformación del sistema.

Resulta una paradoja que en plena Era de la Sociedad del Conocimiento la humanidad tenga que sufrir todavía por una educación obsoleta y las más de las veces retrógrada que no termina de superar. El llamado a enseñar a aprender para la vida, el saber ser (los valores), saber saber (el conocimiento) y el saber hacer (las destrezas y habilidades), son ahora las directrices para los educadores del mundo, que deben situar al centro del proceso de enseñanza aprendizaje a los estudiantes, para que ellos se empoderen de la ciencia humana. Pero, ¡oh, dilectos lectores! esa parece tarea que se presenta titánica y de largo aliento para la mayoría de los países del mundo, por un sinfín de razones.

Las crónicas terrestres señalan que en el antiguo Libro de Adán y Eva se menciona la Cueva de los Tesoros, que es el lugar donde vivía el primer hombre bíblico. Seres venidos de los cielos visitan a Adán y poco a poco le van dando los elementos básicos para su sobrevivencia en la nueva tierra fuera del Edén. Los tesoros que se van acumulando son precisamente los saberes. Gracias a ellos la humanidad ha ido evolucionando. Cuentan que Salomón, un rey extraordinario, pidió a los dioses le otorguen el don de la sabiduría. Y gracias a ella fue poderoso y rico, conoció el lenguaje de los animales y poseyó una serie de instrumentos extraños y aparatos voladores.

En los tiempos que corren, la humanidad en su conjunto parece sino dormida, al menos atontada. Sus acciones son torpes, porque ciertas sociedades buscan el poder por el poder y los hombres matan a los hombres en guerras absurdas. El poder de la tecnología y la ciencia se ha volcado a intereses bélicos. En ese afán, se han bombardeado ciudades que guardaban tesoros de incalculable valor para la humanidad. Ahí se guardaban la cultura primigenia y los secretos del origen humano. Aún hoy, se amenaza con destruir lugares considerados santos, porque según las crónicas terrestres, allí los hijos de los dioses hablaron con los hijos de los hombres y les instruyeron sobre la vida y el futuro.

Si se fija bien, caro lector, hoy los estudiantes leen cada vez menos libros y dependen con demasía de sofisticados aparatos electrónicos que los aíslan de sus semejantes. Por paradoja, la comunicación y el conocimiento están cada vez más al alcance de muchos gracias a la ciencia y tecnología. Recién nomás, los  científicos han mostrado imágenes en tercera dimensión de nuestra galaxia: la Vía Láctea, donde se muestra la inmensidad del universo y la insignificancia de nuestro sistema solar. Estamos dormidos pero no solos ¡Despierten! Advierten los que saben, la educación nos proporcionará, al igual que los dioses en la Cueva de los Tesoros, el saber necesario para comprender nuestro sino.

(*) Fernando Luis Arancibia Ulloa es periodista. Médico pediatra. Magíster en Salud Pública y Educación Superior