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Humor del malo
Tribuna.
Jueves,  24  de Febrero, 2011

Soy admiradora confesa de Paulovich. Aparte de ser un señor de los que no abundan, su certera mirada de perfil nos acompaña por décadas y eso para un humorista político -más aún en Bolivia- es una proeza. El uso del humor es cosa seria. Y es así porque es un género cuyo manejo está reservado a mentes superiores. El humor por y para gente inteligente tiene una sensibilidad especial, con frecuencia hondamente filosófica.

Se dice que los tres sentidos más escasos son el común, el del ridículo y el del humor.

La falta de sentido común es algo con lo que convivimos. En un país en el que la mayoría busca una manera de bancarse la vida, don gobierno ordena a los militares -a quienes todos pagamos sus salarios- competir fabricando pan mientras las fronteras están desprotegidas y no de los viles imperialistas coloniales, sino de simples contrabandistas.

Del sentido del ridículo no tenemos ni pista. O escogemos nuestros amigos entre los más repudiables del mundo condenándonos al ostracismo sobre todo en cuestión de inversiones o, hacemos paradas de gallitos sin espolón en nuestras relaciones internacionales fundamentales.

Pero en lo que nos llevamos la flor, sobre todos los de las tierras altas, es en la profunda carencia del sentido del humor. El humor blanco, el de la risa que no busca dañar, es casi inexistente. Somos muy solemnes y muchas veces oímos el calificativo “acartonados” para describirnos. Se dice que el clima, la soledad de la montaña, la inmovilidad de los paisajes siempre neutros, son posibles causas de ese acartonamiento. Y menos sabemos reírnos de nosotros mismos.

Lo que sí nos mueve a risa inevitablemente, es la contemplación de un semejante caer despatarrado en plena vía pública. Hay algo de neurosis, morbosidad y humor negro en esta reacción.

En los últimos días hemos tenido una prueba imbatible de este tipo de humor, pasando por alto el tema de la miel. Este es un ámbito aparentemente confortable para SE  -cuya expresión facial corroboraba lo dicho-  cuando declaraba que le causa risa que los trabajadores del país pretendan un ingreso de alrededor mil dólares americanos como ingreso mensual.

Vaya con el sentido del humor presidencial. Como para resentir a cualquiera. Si un padre de familia no deja de hablar de sus históricos éxitos financieros y la gran bonanza de la familia mostrando a diestra y siniestra los extractos bancarios, lo peor que puede hacer es  reír sardónicamente ante el pedido de dos comidas diarias tristemente anheladas por los  hijos. Es inentendible la ausencia de comprensión y una expresión de cierta solidaridad. Si encima papá maneja un Ferrari con mina incluida, la conclusión es o está mintiendo, o no le importa, o anda gastando la plata de la familia en enigmáticos asuntos.

Nadie merece que para romperle los sueños se recurra a la sorna y la ridiculización. Evidentemente un ingreso de un 1.000% es una utopía. Ni siquiera un 100% es real dadas las circunstancias.  Pero la gente tiene derecho a la idealización sobre todo cuando persistentemente se le ha estado machacando que les llegó su hora y que el cambio llegó para su beneficio. No se dice que los pocos que acceden a fuentes laborales están subempleados. Los peticionarios en su mayoría, son los mismos que suscribieron como propio el “vivir bien” entendiendo que era para todos y no sólo para un centenar de acólitos oficialistas.

La lealtad es una ruta en ambos sentidos. Un comentario así de cáustico no es justificable ni siquiera como una gaffe más, porque hasta para ser corrosivo hay que escoger cuándo y con quién.

Los movimientos sociales llámense maestros, mineros, fabriles o transportistas, están integrados por personas que además de votar, tienen necesidades básicas. Es consustancial a la condición humana aspirar a un techo, a una familia sana, alimentada y protegida y aunque parezca inverosímil para SE, no hay complot ni traición  en esto. Simple anhelo de lograr que sus sueños sean respetados y lograr una aproximación a esa remota idea de bienestar y felicidad.

La risa es sinónimo de felicidad y la definición de felicidad es: “dícese de la contemplación de las desgracias ajenas”. Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce.

Cuando la calle enfurece es aventurado recurrir a la humorada. No importa cuán desproporcionada sea la demanda, el desprecio es la mejor manera de demostrar que no sólo no se gobierna escuchando, sino de no estar gobernando en absoluto.

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Karen-Arauz-
Karen Arauz
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