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Editorial
Martes,  31 de Agosto, 2010

El país ha soportado graves desastres naturales durante los últimos años y algunas emergencias sanitarias, como la epidemia del dengue y el azote de la gripe A. Lamentablemente, y pese a que los errores cometidos al atender cada evento han agravado el sufrimiento de millones de bolivianos, el Estado Plurinacional, cuya mayor pretensión es alcanzar el nivel de “integral”, es decir, marcar presencia en cada instancia de la vida de los ciudadanos, no consigue ni siquiera alcanzar un grado aceptable en la atención de los episodios de crisis. La forma cómo ha encarado los incendios forestales, que han destruido millones de hectáreas en ocho de los nueve departamentos de Bolivia, resume la absoluta ineficiencia que reina en el Gobierno.
El problema más serio comienza por la responsabilidad. Ya sea con las inundaciones causadas por el fenómeno de El Niño en los años recientes, la sequía o en las crisis sanitarias mencionadas, el Gobierno central ha asumido casi como una constante la actitud de ignorar las circunstancias y derrochar tiempo valiosísimo que pudo ser aprovechado en atacar las emergencias en sus etapas iniciales. Ministros cuya primera reacción es buscar culpables, que se pasan semanas haciendo diagnósticos y “amenazando” con tomar medidas drásticas, han ofrecido espectáculos lamentables en los medios de comunicación, como aquella funcionaria que afirmó, mientras medio país ardía en llamas, que no había más remedio que dejar todo en manos de la lluvia.
El MAS ha conseguido como ningún otro en el pasado, el dominio de todas las instancias institucionales de la república, pero por lo visto, sólo los activa cuando se trata de acciones netamente políticas destinadas a acumular o mantener el poder ya logrado. Un mes después de que se desató la emergencia con los incendios forestales, las autoridades se acordaron que podían recurrir al Ejército, por lo menos para proteger comunidades amenazadas por las llamas. Cuando ya había seis millones de hectáreas prácticamente en cenizas, se dieron cuenta que Bolivia no dispone de los medios para enfrentar semejante calamidad y se lanzó el pedido a la comunidad internacional por ayuda, solicitud que fue lanzada en la más absoluta ambigüedad y que por ese motivo, desde países vecinos respondieron que estaban dispuestos a ayudar, pero primero querían saber cómo. Resultado, Brasil, Chile y otras naciones recién están por enviar personal y equipo que debió estar trabajando hace varias semanas.
Sin duda alguna, la lección para Bolivia será muy dura. Se han roto todos los récords en cantidad de hectáreas destruidas por el fuego. Será muy difícil recuperar millones de hectáreas de cultivos, bosques, áreas protegidas y reservas forestales que han sido consumidas. Lo más complicado; sin embargo, es que el presidente Morales pueda seguir manteniendo su imagen de fanático ecologista ante el mundo, cuando prefirió irse de viaje e ignorar tal vez uno de los mayores ataques al medioambiente que ha sufrido el país en su historia. Lo ideal sería que semejante desastre sirva para que las autoridades abandonen la desidia, se informen en algo sobre las responsabilidades que han asumido y decidan por lo menos, aplicar medidas preventivas para que esto no vuelva a suceder.

La forma cómo el Estado ha encarado los incendios, muestra el des- conocimiento que tienen las autoridades de sus responsabilidades.

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