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El comunismo, ya lo he dicho antes, es un programa destinado a sembrar desesperanza en su ciudadanía, desamor, egoísmo y atomizar, para que así se acepte resignadamente el constante abuso al cual su ciudadanía se ve sometido.

Caer en este juego de desesperanza, -y más cuando se ignora cómo procede, porque lo hace desde las sombras-, es fácil. Destruir, deshacer, y hacer el mal siempre será más fácil que hacer el bien, “la bondad es eternamente difícil, decía Anne Rice en una de sus novelas. Lo que hace meritorio ser bueno es que se puede optar por ser malo.

El hecho de que ser bueno sea más difícil que ser malo es precisamente lo que hace que el bien brille, se destaque y sea temido cuando se hace. El mal obra en la oscuridad, le teme a la luz, las obras buenas brillan con luz propia. El bien, igual que el mal, tienen algo en común: comienzan desde lo poco. El mal, con pequeñas acciones que, a la vista de una perspectiva relativista, de la soberbia, y el creernos siempre en lo correcto, no hacen mal a nadie, son nada graves. El bien, con pequeñas acciones de “desprendimiento” y/o renuncia a nuestro propio egoísmo, para salir de nuestro propio yo, y darnos al otro.

El bien brilla con luz propia cuando se hace, y por ello cambia las realidades y confunde siempre a quienes hacen el mal. El bien comienza por aquello a lo que estamos llamados a hacer: lo que podemos, de la mejor manera posible. No podemos ni podremos nunca resolver todos los problemas del mundo, ni de los demás, pero sí tendremos algo a nuestro alcance que será posible hacer y, al momento de hacerlo, hará una ola de bien que cambiará el mundo de varias personas y tendrá consecuencias inimaginables.

Ayer, cuando, desanimado por la situación actual, pensaba escribir sobre un tema totalmente diferente (política) recibí una oleada retributiva (mensaje de Dios) del bien que hice a otra persona, y de paso convertido en una nueva oportunidad de hacer otro bien, quizá aún mayor, desde lo que me era posible. Lo más hermoso, es que fue ¡meses después de que lo hice! ¡El bien que hice hace meses! ¡Meses atrás! ¡Quedó sembrado, y para mejor!

Entonces recordé la frase de la madre Teresa de Calcuta: “Haz lo que te es posible, y Dios te ayudará en lo imposible”. A pesar del fatalismo, siempre es posible hacer algo, desde nuestras posibilidades, y eso es lo que usará Dios para cambiar el mundo de otras personas y el nuestro. No debemos dejar de hacer el bien que nos es posible, por muy pequeño que sea, nos llevaremos muchas sorpresas en el Juicio Final, de cómo cambiamos al mundo, con el bien que nos fue posible hacer, una vez que nos hayamos acostumbrado a no dejar de hacerlo.

Acerca del autor:
Javier---Gomez-
Javier Gómez
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