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La vida no se acaba hoy, pero, podría
Viernes,  21  de Diciembre, 2012

La proximidad del nacimiento de Jesús, simbolizado en las fiestas de Navidad, es una oportunidad para volver a  temas que, siendo importantes, le dedicamos poco tiempo. Tienen que ver con nuestra vida, pero también con la vida de los demás. Es la vida en sociedad, la que compartimos, en unos días al menos, con sentido cristiano. El presidente lo intentó al  inaugurar un pesebre hace poco en La Paz.

Articuló un corto discurso, quería ser más reflexivo. No pasó, desafortunadamente, de traer a la atención pública, porque así es cualquier acción de su autoridad, de la reiterada comparación de Niño Dios con la del caudillo redentor de su pueblo. Obviamente,  en esa línea de pensamiento la  confusión es fácil y al final el mensaje del Redentor del mundo termina con el fracaso en la Cruz. Es que lo principal de su mensaje se pierde al buscarle acomodo en el discurso político.

Humildad para gobernar es, quizás, la primera enseñanza a rescatar. Tienes poder. Una ilusión, recurrente  en distintas  épocas, en distintas latitudes, con diferentes personalidades. Para algunos, curiosamente, es lo inteligente pero es lo menos frecuente,  el poder es ocasión  para aprender. Puedes aprender a utilizar el poder para hacer el bien. Aseguras tu paz, tu tranquilidad, y el disfrutar con todo derecho de los frutos de tu accionar. Básicamente, ver felicidad a tu alrededor. Si no has aprendido, una desgracia.  Ojalá tengas tiempo suficiente para repasar lo que no hiciste, lo que hiciste erróneamente porque te indujeron, lo que te encaprichaste en hacer a pesar de las advertencias de que podías estar equivocado. Nadie te puede garantizar el tiempo para extenso examen. De cualquier forma, aunque sea a la atropellada, más temprano que tarde, hay que rendir cuentas. A veces, aquí mismo, ante la justicia humana.

Puedes tener todo el poder. Canto de sirena que engatusa con frecuencia. Pero te engañas, o te engañan. El  poder depende de tantos factores que, en definitiva, es un golpe de suerte el que lo puso en tus manos. Cuanto más poder, puedes hacer mayor bien. Pero está el riesgo de desaprovechar la ocasión, y contra toda razón, con ese tremendo fortuito ejercicio en el poder solo haces añicos a los demás, a tus próximos y, en el caso del hombre público, a tus conciudadanos. El daño, sin embargo, es como el aceite, se desliza, se expande, hasta alcanzar al propio autor.  Termina por devorar al portador de tanto poder. Los más encumbrados y bondadosos dejan su huella en la historia de pueblos y naciones. También  hay, los malditos de la historia. Aquellos que todos prefieren hasta olvidar. Por fortuna,  son pocos, aunque dejaron rastros de oscurantismo, desesperanza y sufrimiento.

Pero el poder no es eterno. Para los que la suerte, el destino, o Dios, dispusieron el acceso a la inteligencia, a un entorno intelectual y espiritualmente favorable, esto no es nuevo. Es la historia de todos los días, es la historia de la humanidad. Todos, por muy grandes que sean, pasan. Y pasaron. Unos pocos, bien grandes, como gigantes de la historia, perviven sus testimonios en hechos y en palabras. Otros, como si no hubieran ejercido  nunca el poder, como si no hubieran tenido la oportunidad, como si no hubieran existido. No es difícil constatar que disponemos de unos cuantos días, bien contados. Casi siempre nos parecen pocos. No depende de nosotros. Están definidos, para alegría de muchos; tristeza y pesar para otros.

En ese mar lleno de pensamientos e intenciones parece transcurrir el fin de año del presidente. Nada sencillo. El sector agropecuario le trae buenas noticias. El crecimiento de la superficie sembrada el 2012 supera a la del año pasado en un 15%. La seguridad alimentaria está demostrada, a pesar de los obstáculos no removidos del todo: la inseguridad jurídica sobre las propiedades rurales, el acceso al crédito que discrimina a  los productores privados, la falta de incentivos, los obstáculos a la exportación de productos con tan altos precios, la incomprensión a los avances tecnológicos, entre otros. ¿Qué hace distinto el discurso de la acción del gobierno respecto a este sector, tan importante en la generación de empleo, el ahorro de divisas y, en definitiva, para la mesa de los bolivianos?

Sigue el presidente de cerca lo que hacen los ministerios ligados al rubro o, como en otros casos, está ajeno a lo que hacen sus ministros y subordinados?

La Navidad del 2009 es un mal recuerdo para Evo. Está ligada al gasolinazo, convertido en el ejemplo por antonomasia de una medida tomada en base a un mal consejo. El 2012 tampoco le va a ser fácil de olvidar, por el caso de Jacob Ostreicher, que le ha venido a amargar el fin de año. Ha puesto en jaque a toda la estructura gubernamental pues, según se va denunciando y confirmando, corrupción del más alto nivel habría infiltrado al menos a siete ministerios. Eso no solo estructura, sino, poder. Y está por verse cómo termina. Por de pronto, en un artículo anterior repetimos una frase que ha corrido fronteras: el caso de   megacorrupción es un cáncer que ha dado al traste con la imagen y el prestigio del presidente en el exterior, y que todavía levanta dudas sobre la estabilidad del propio gobierno.

La democracia pone límites al ejercicio del poder. Bastó dar cierta independencia al accionar del Órgano Judicial para que todos los monstruos del averno se levanten. Porque la ofensa es grande al pueblo de Bolivia. ¿En quién confiar si la justicia queda en manos inescrupulosas? ¿Qué hacer si no se garantiza la independencia del poderes, y hay injerencia de uno sobre otro? ¿Cómo aceptar que los denunciados, personas en instituciones, se investiguen a sí mismo? El momento es propicio para repetir nuestra esperanza: aprovecharlo para iniciar el retorno al Estado de Derecho. El poder individual es efímero y la vida nadie la tiene comprada. Puede que no se acabe mañana. Pero podría. Felices fiestas, Bolivia.

 

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Daniel-Pasquier-Rivero-
Daniel Pasquier Rivero
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