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Editorial/Opinión
El tacú de papel
África en llamas
Martes,  22 de Marzo, 2011

La ciencia ha demostrado que el origen del hombre está en África. Es posible que la fascinación que siente el ser humano de otras latitudes al estar en ese territorio tan diverso y cautivante se deba a que siente que ha vuelto a las fuentes. En ella encuentra una casi sobrenatural fiereza, una naturaleza salvaje que causa éxtasis. En África tres reinos planetarios han demostrado su poder y riqueza desde el origen de los tiempos. El reino animal tiene desde las más diminutas criaturas a los seres más colosales del mundo. El reino vegetal habla por sí mismo, y se expresa en todas las tonalidades de la vida verde. El reino mineral ha dado muestras de su fabulosa e increíble riqueza.

Resulta admirable que se sepa que antiguamente África se denominaba Libia, según la mitología griega. Libia era la esposa del dios Poseidón -el Neptuno latino- y era hermana de Asia. No extraña que entre estas dos hermanas se haya tejido gran parte de la historia de la humanidad y se encuentre los más grandes misterios que la atormentan. Los que saben dicen que África es un fuego permanente, ya sea en la jungla como en el desierto. Afirman que en ese fuego se cocina el destino del mundo. Ha sido en ese continente se ha dado el mayor mensaje de confraternidad y convivencia humana. Basta recordar la lucha de Nelson Mandela y el fin del “apartheid” en la convulsa Sudáfrica.

Sin embargo, África es tierra de contrastes. También en ella han tenido lugar los más horrendos baños de sangre entre seres humanos, que ni se diga. Hoy por hoy, para lamento de los seres sensibles, cae sobre la tierra árida una lluvia de fuego en nombre de la paz y el fin de la muerte, cruel paradoja para quienes saben que todo sucede por obra y gracia de los que dominan el mundo por medio de la injusticia y la violencia. Aún reinan en tierra africana reyezuelos y tiranos y existe en el ambiente una intolerancia insoportable a las creencias religiosas y culturales, que casi siempre termina en tragedia.

Los imparciales- si los hay- afirman que tampoco es tolerable encender la hoguera de la guerra solapada entre naciones por hacerse del oro negro africano, el petróleo. A los ojos de la historia, nadie podrá justificar las lluvias de fuego para apagar los incendios que los seres humanos provocan en su mezquina visión de la sociedad. Ya un pensador afirmó tajantemente: “Todavía estamos viviendo la prehistoria de la humanidad”. A la luz de los hechos, no queda otro remedio que darle la razón. Pese al adelanto de la tecnología y la ciencia, salta a la vista que nos comportamos como seres primitivos.

Ahora que llueve fuego en la tierra árida –significado de Libia- ¿qué se puede esperar de la paz mundial? Ya no se trata de Fukushima, donde el hombre trata de controlar los efectos de la furia de la naturaleza a través de la temeridad y la solidaridad para evitar catástrofes mayores. Hoy se trata de detener que África arda en las llamas de la guerra incontrolada. ¿Podrán los seres humanos detener el descenso hacia el infierno provocado por ellos mismos? El fuego de África puede extenderse como el pastizal encendido y avivado por los vientos, y que los hombres, animales y vegetales y el propio oro negro por el que se lucha, puede quedar consumido por llamas innecesarias.

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Fernando-Luis--Arancibia-Ulloa-
Fernando Luis Arancibia Ulloa
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