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Editorial/Opinión
Editorial
La crisis de Luis Arce
Sábado,  19  de Diciembre, 2020
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La crisis que ve Luis Arce no es la misma que sienten los bolivianos, de igual forma que la bonanza que experimentó el país durante una década, no sirvió más que para bajar unos cuántos puntos la extrema pobreza, lo que significó nada más que para paliar el hambre de millones de habitantes, que seguramente hoy están en las mismas de antes.
 
Arce habla de crisis porque ve las arcas del Estado vacías, porque ya no puede gastar y derrochar como lo hizo durante los 13 años en los que fue ministro de Economía. Su crisis ya no le permite comprar alfombras persas ni viajar en los aviones y helicópteros que él mismo le compró a Evo Morales, aunque todavía prefiere irse a un hospital caro de Brasil, porque tampoco quiere hablar de la crisis de la salud boliviana, en un momento el que debería darle un voto de confianza, así la gente no vuelve a temblar de miedo por el rebrote del Covid-19.
 
La crisis que ve Arce es la del gobierno y por eso insiste en un modelo exprimidor que buscará todos los medios posibles para recaudar y gastar. Se inventa un impuesto a la riqueza porque no quiere dejar ni un centavo suelto, prohíbe las exportaciones de soya para extorsionar a los productores y obligarlos a subvencionar a un sector privado que no necesita favores de nadie, sino de un Estado que deje de pisarles el cuello con una sobrecarga impositiva, con regulaciones y todo tipo de intervenciones que hacen inviable la libre competencia y por ende, mayor producción, más calidad y mejores precios.
 
El bono contra el hambre es un insulto para los bolivianos que han perdido su trabajo durante la pandemia, mientras el Estado no redujo ni un solo centavo de sus gastos dispendiosos, mientras no dejó de exprimir ni un solo minuto a las empresas que se vieron obligadas a cerrar y dejar a sus empleados sin una fuente de ingreso. Lo poco que se hizo durante la gestión de Jeanine Añez para aliviar al sector privado, Arce acaba de eliminarlo, porque no le preocupa la falta de plata en los bolsillos de la gente, sino la caída de los recursos públicos, cuyo destino es y siempre será la alimentación de un aparato burocrático que ayuda poco y nada en la superación de la crisis.

La crisis que Arce no quiere ver, por una mezcla de miopía, dogmatismo y mala fe, es la de las 317 empresas del rubro industrial que se vivieron obligadas a cerrar durante la pandemia, a razón de una por día, aunque la cifra del total de negocios quebrados es abismalmente mayor, pues en lo que va del año se han cancelado casi cinco mil matrículas de comercio, según el informe anual de Fundempresa. 

Durante el difícil periodo de la cuarentena rígida, apenas un 20 por ciento de los negocios podían funcionar, no había ingresos, aunque los gastos tributarios, salariales, crediticios y de seguridad social se mantuvieron casi inalterables, tal como ha sucedido con el pago del aguinaldo, que el gobierno de Luis Arce se ha empeñado en mantener sin cambios, manifestando así una indolencia frente a los que producen y obviamente, frente a muchos trabajadores que cobrarán este beneficio por última vez y para quienes el bono del estado es una migaja.

La crisis que Arce no quiere ver, por una mezcla de miopía, dogmatismo y mala fe, es la de las 317 empresas del rubro industrial que se vivieron obligadas a cerrar durante la pandemia, a razón de una por día, aunque la cifra del total de negocios quebrados es abismalmente mayor, pues en lo que va del año se han cancelado casi cinco mil matrículas de comercio, según el informe anual de Fundempresa.

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