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 21 de Octubre de 2020
Editorial/Opinión
Editorial
La obligatoria cumbre política
Sábado,  11  de Enero, 2020
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La presidenta Jeanine Añez debe ser la persona más consciente del país sobre la importancia de mantener la unidad y, sobre todo, un estado de alerta permanente para evitar el retorno del régimen anterior, que sumió al país en la corrupción, el narcotráfico y la injusticia.

Su actitud no lo refleja, porque siempre se la ve entusiasta y proactiva, pero ella mejor que nadie para ver de cerca las amenazas que siguen en pie. De su parte, o mejor dicho, a favor de Bolivia, juega un ambiente de pacificación y de relativa concordia entre las fuerzas políticas, incluida una parte del Movimiento al Socialismo que hace esfuerzos por sobrevivir como actor político democrático, mientras que otra parte sigue buscando “la solución” por el desastre.

Pero este es un Gobierno de transición, en poco tiempo vienen las elecciones y cuando se conforme una nueva administración la realidad puede cambiar, mucho más cuando hay una crisis económica que enfrentar, conflictos sociales que posiblemente se estén tomando un “receso estratégico” y lógicamente, las pugnas políticas que siempre están a la orden del día, mucho más cuando el MAS seguirá siendo un incordio.

La primera mandataria conoce los riesgos y, entre todos, el peor es la involución hacia el régimen dictatorial que el MAS busca retomar a través de una victoria en las elecciones. La propuesta de la presidenta es convocar a una cumbre política cuya misión debería ser evitar la dispersión del voto y ofrecer un proceso democrático con todas las garantías y formar un frente electoral común en contra de Evo Morales.

Viendo cómo se siguen sumando los candidatos a presidente, parece mucho pedir la conformación de un solo frente democrático, pero es obvio que en la media que se sigan fragmentando las opciones, el peligro de retorno al pasado irá en aumento.

De cualquier forma una cumbre es obligatoria, en la medida en que se genere un espacio de diálogo, una imagen de unidad en medio de las diferencias, sutiles, por supuesto, porque sería absurdo pensar que hay alguien entre los postulantes que no está de acuerdo con la recuperación de la democracia, que no busca restituir la institucionalidad y devolverle al país una justicia mínimamente digna.

Tal vez si se sientan a hablar de cara al pueblo, sabrán que todos quieren luchar contra la corrupción, imponer la meritocracia en el aparato público y que buscan priorizar la salud y la educación. Mucho mejor sería si delinean entre todos un nuevo modelo económico para el país, que busque superar el extractivismo como única opción que nos mantiene en la pobreza y la fragilidad. Se pueden marcar las cadenas productivas, los asuntos estratégicos del país, las grandes prioridades y urgencias.

Esta es la gran oportunidad no solo de marcar un calendario electoral, delinear una plataforma con miras a los comicios o marcar las pautas del gobierno provisional, sino de establecer las bases de una nueva política en Bolivia, de un nuevo modelo y una conducta institucional que sirva para consolidar el sistema democrático. El riesgo no es solo que vuelva el cocalero, sino que retorne las viejas mañas que justamente llevaron a su triunfo en 2005.

Viendo cómo se siguen sumando los candidatos a presidente, parece mucho pedir la conformación de un solo frente democrático, pero es obvio que en la media que se sigan fragmentando las opciones, el peligro de retorno al pasado irá en aumento.

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