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Editorial/Opinión
Editorial
Colonialismo en el Siglo XXI
Miércoles,  23 de Agosto, 2017

Desde que el ser humano existe como tal sobre la faz de la tierra también existen las conquistas. Los pueblos, las culturas, las civilizaciones se han movido de un lado a otro, han invadido territorios ajenos, han saqueado sus bienes, han impuesto sus costumbres y han hecho desaparecer todo vestigio de los conquistados, incluso su lenguaje, tal vez el rasgo más característico de cualquier grupo humano. 

En el pasado las conquistas se hacían por la fuerza, pero en el Renacimiento se descubrió que la cultura, las ideas, los libros y el conocimiento son mucho más fuertes que los ejércitos para dominar la tierra. Los posteriores fracasos de Napoleón, de Stalin, de Hitler o de Mao no hacen más que confirmar esta tesis.

Algunos creen que la mayor fuerza de Estados Unidos, por ejemplo, está en su poderío militar, pero todo ese inmenso arsenal sería inservible sin el soporte que le ha dado Hollywood en los últimos cien años para diseminar por el mundo un estilo de vida que todos quieren imitar. En estos días, el centro del mundo no está ni en Washington, ni en Londres, Nueva York o en París, sino en Silicon Valley, ese supraestado multimillonario que marca el paso de la tecnología, la innovación y de la sociedad del conocimiento, el modo que ha adquirido nuestra civilización y que ha superado  a los estadios anteriores de nuestra cultura, la era agraria y la era industrial. 

De acuerdo al viejo paradigma, la civilización conquistadora invadía nuevos territorios, destruía y aplastaba bajo la presunción de la superioridad, un grave error cometido por la civilización que tarde se dio cuenta que más productivo hubiera sido sumar que borrar, como lo está haciendo hoy la sociedad actual, que gracias a la hiperconexión aprovecha todos los aportes culturales, la tecnología, la información y el talento, sin importar si vienen de la India, de Sudán o de Bolivia, donde hay chicos están inventando aplicaciones para celulares, fabricando robots y brazos mecánicos, mientras que otros están preocupados por conquistar territorios salvajes, tal como lo hicieron los iluminados del Siglo XV, para imponer formas de producción y de organización anacrónicas.

Obviamente, mientras los conquistadores posean el poder militar, proveniente no solo del control político, sino también de otras fuerzas subterráneas que buscan conquistar el mundo, la aniquilación del entorno ambiental, de los parques y las culturas indígenas se irá consumando, aunque es improbable un triunfo definitivo, pues la ecología, la revalorización de lo autóctono y el respeto a la diversidad son esenciales en la nueva civilización que se encargará no sólo de reparar los daños, sino de restablecer las condiciones anteriores a la conquista.

Aquello lo saben muy bien los ideólogos del “proceso de cambio” que enarbolaron precisamente esos paradigmas y gracias a ellos adquirieron notoriedad mundial. Lo mismo vale para los que se asustan en el oriente boliviano por el denominado “nuevo colonialismo”. Solo hace falta observar qué rasgos se “superioridad” traen conquistadores y se darán cuenta qué esperanzas de imposición tienen.

En estos días, el centro del mundo no está ni en Washington, ni en Londres, Nueva York o en París, sino en Silicon Valley, ese supraestado multimillonario que marca el paso de la tecnología, la
innovación y de la sociedad del conocimiento.

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