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Editorial/Opinión
Editorial
La gran oportunidad
Martes,  23  de Febrero, 2016

En este mismo espacio dijimos que los resultados adversos obtenidos por el oficialismo en las elecciones subnacionales de marzo del año pasado debían servir como una gran oportunidad para terminar con la democracia plebiscitaria e iniciar un trabajo serio de gestión destinado a atender los problemas más urgentes del país. En ese momento ya se visualizaba la llegada de un periodo económico difícil que lamentablemente ya se ha instalado. Había que ponerse manos a la obra.

Pero el régimen optó por lo que mejor sabe hacer, por la campaña, por la tarima, los viajes, las banderas, la propaganda y todo lo que signifique la reproducción del poder. El Referéndum del domingo salió tirado de los pelos, era innecesario, viciado de nulidad y con una carga demasiado grande de angurria que terminó empalagando a la gente que espera de una vez por todas acciones concretas en la economía, el área social, la justicia, la lucha contra la corrupción y muchos otros campos que hasta ahora no han pasado del plano simbólico, de los parches, del papel impreso en leyes inservibles y algunos gestos que sólo sirven para manchar las paredes con carteles y llenar la televisión con anuncios y cánticos repetitivos.

La ciudadanía queda atónita cuando observa la tozudez que se esconde detrás del supuesto “empate técnico”, una aberración frente a las evidencias insoslayables que brindan las urnas. Nadie duda que esa simple insinuación encierra una grave afronta, una provocación y una amenaza que va más allá de lo racional. Intentar alguna acción descabellada sólo serviría para desatar los demonios que ellos mismos han alimentado durante una década de confrontación y de odio sembrado.

Al día siguiente no surge ninguna mueca de autocrítica. Todo es culpa de las redes sociales, que se llenaron de bromas y comentarios antes del referéndum, tal y como ha sucedido en todos estos diez años sin mayores consecuencias para el “proceso de cambio”. Si la gente voto “No”, no es por culpa del Facebook, como tampoco fue un logro de la propaganda oficialista los diez años de bonanza y de grandes éxitos electorales, que siempre son obra de hechos reales, de situaciones verificables y de percepciones objetivas que esta vez se han volcado en contra del Gobierno, porque precisamente la situación es otra y la gente percibe que los conductores no están a la altura de los desafíos.

Pese a que el Gobierno lo encaró así, este no ha sido un plebiscito, nadie está obligado a irse para su casa y todavía quedan cuatro años para reorientar las políticas, ocuparse de los problemas, atender las necesidades, actuar con transparencia y retomar los viejos discursos destinados a recuperar la democracia, industrializar los hidrocarburos, transparentar la gestión pública, respetar los derechos humanos, encarar una labor de reconciliación y por supuesto, hacer las cosas respetando las leyes y los principios constitucionales, aspecto que se ha convertido en el mayor erosionador de la credibilidad. La población ya no confía en las estrategias envolventes; ya no quiere más circo, está esperando el cambio que le prometieron.

La ciudadanía queda atónita cuando observa la tozudez que se esconde detrás del supuesto “empate técnico”, una aberración frente a las evidencias insoslayables que brindan las urnas. Nadie duda que esa simple insinuación encierra una grave afronta, una provocación y una amenaza que va más allá de lo racional. Intentar alguna acción descabellada sólo serviría para desatar los demonios que ellos mismos han alimentado durante una década de confrontación y de odio sembrado.

 

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