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Editorial/Opinión
Barlamentos
Yo soy Carlitos
Viernes,  16  de Enero, 2015

No porque desee emular, ¡Jesús di!, a Carlos el Chacal, ese asesino venezolano que causaba terror con sus crímenes hasta que le pusieron a buen recaudo. Ni por intentar imitar, ¡que atrevimiento!, el andar patizambo de Charlie Chaplin. Tampoco a Charlie Brown, que al cabo me gustaba más Snoopy, cuyo nombre le puse al primer perro que tuvieron mis chiquilinas. Una de ellas, hasta con el tempo del piano de Richard Clayderman y su “Ballade Pour Adeline”, compuso una celebrada canción que empezaba “Snoopy, yo sé que tú te escapaste, buscando una perrita, por ahí…” Pobrecita, no le dije entonces que lo robaron.

Hoy me encanta “Je suis Charlie”, ‘Yo soy Carlitos’, leyenda en blanco de negras remeras, carteles, y estribillo de caras adustas de multitudinarias manifestaciones con que la mayoría del mundo rechazó la incursión de extremistas islámicos a la revista satírica Charlie Hebdo en París. Mataron a doce personas: cuatro eran empleados de la revista, otros cuatro de los mejores caricaturistas de Francia, dos policías, un invitado que quizá bebió el café más caro de su vida, y un empleado de mantenimiento a quien tal vez se le ocurrió trapear el piso en el momento equivocado y a la hora errada. ¿El delito para que merecieran morir cocidos a balas? Una caricatura de Mahoma.

¿Qué la mayoría del mundo condenó la barbarie? Bueno, anotan que América Latina brilló por su ausencia. Especulo que quizá es porque en nuestra parte del mundo vivimos con la camiseta del temor.

La ‘china’ mexicana que amasa las tortillas del desayuno pensando si más tarde no encontrarán la cabeza del marido ausente en la víspera. El indígena maya de Guatemala que quizá estaba mejor en su campo hasta que llegaron los militares. La autoridad en algún municipio colombiano rogando que prospere el proceso de paz y los insurgentes no lo secuestren antes. La ama de casa caraqueña que necesita papel higiénico de estantes casi vacíos y ni cómo hacer cola si las han prohibido. El activista mapuche en el sur chileno que teme su detención. La carioca que vive en una favela y su casucha parece un bazar con tanto perendengue que trae su gurí de calles inseguras. El minero boliviano con saliva verde de coca, roja de sangre silicosa y miedo de que se derrumbe el agujereado Cerro de Potosí con él adentro.    

¿Qué la mayoría del mundo condenó la barbarie? No sé. “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”, dice el tango. En los 60 se almorzaba con guarniciones televisivas mostrando pilas de cadáveres y niñas quemadas con napalm. Hoy estamos con dieta diaria de reporteros degollados y niñas cautivas, violadas o casadas a la fuerza. Y nuestra sensibilidad está cada día más callosa.

¿Qué la mayoría del mundo condenó la barbarie? Puede ser. Mejor recemos para que no se repita el odio que tantas guerras y matanzas propició en las religiones en general, y monoteístas en particular. Que no se repita el odio étnico nazi que envió judíos, minusválidos y homosexuales a las cámaras de gas, que trozó a machetazos a tantos hombres, mujeres y niños en Ruanda.  
 
Hay que contextualizar los crímenes en la historia, dicen. El antiamericanismo envidioso se está volviendo prejuicio anti-gringo en general, no importa si estadounidense o europeo: vale decir jingoísta. Una ‘abuelita de mayo’, símbolo hasta entonces de los crímenes y atropellos de militares argentinos, se refociló con los aviones estrellados por extremistas islámicos en el 11-S en Nueva York. ¿Qué tal si uno de los bebés secuestrados hacía décadas, hubiese empezado una semana antes de oficinista en una firma del World Trade Center?

Producto siniestro de exportación y contagio general en la especie humana, en partes de América Latina el encono político hizo que callen los gobiernos, por defender falsas revoluciones y economías en bancarrota. El odio ‘anti-lo que sea’ se trasladó a Bolivia en el inicio del ‘proceso de cambio’; muestra de ello fue la dicotomía “k’ara”-“t’ara”, que amenazó a la humilde corbata de los mestizos paceños oficinistas. Tal vez era secuela radical de ese prejuicio “colla-camba” que “chapacos” toman con bonhomía que no arruga la cara. Ignorantes prejuiciosas, sino racistas, en la nave del poder no sé si por “llunq’us” pero sí obtusas, acusan a los asesinados de Charlie Hebdo de reaccionario derechismo, siendo que eran precisamente lo opuesto. El feminicida antes de matar quizá estaba ahogando sus complejos en alcohol: la culpa es de la cerveza, dijo una congresista boliviana sin atisbo de vergüenza.

Lo que más atemoriza es que se pierda el sentido del humor, que se extravíe la sátira con la que se consuela la amargura, que se atragante la sardonia criticona de los contrasentidos. ¿Qué haremos sin el infaltable cuenta-chistes políticos alrededor de una mesa con amigos? ¿Tendrán los caricaturistas que filtrar sus monigotes en el tamiz de la prudencia temerosa? ¿La religión y la política serán campos minados para irónicos humoristas porque pudieran aparecer matones enmascarados armados con rifles Kalashnicov?

De todas maneras, igual que el Avernoy de mi amigo Pipo, yo usaré una banda negra de luto en el corazón por los caricaturistas satíricos de Charlie Hebdo, los judíos de Francia y los seres humanos del resto del mundo asesinados por el fanatismo religioso, sea el que fuere.

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Winston--Estremadoiro-
Winston Estremadoiro
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