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 13 de Julio de 2020
Editorial/Opinión
Miradas
Sobre los problemas y violencia de género
Lunes,  8 de Septiembre, 2014

Recientemente Santa Cruz y el resto del país han sido azotados por una ola de tristes, alarmantes y desalentadoras noticias sobre casos de feminicidio; situación que nos desmoraliza como ciudadanos de una metrópolis orgullosa de su desarrollo territorial y económico pero que, al parecer, todavía tenemos problemas a nivel social.

Todo hecho de violencia, mucho más uno que termina en muerte de un ser humano, parte de una relación desigual, es decir, un miembro se cree más poderoso que el otro.  La violencia de género no es lo mismo que una pelea de boxeadores o una guerra de países donde ambos están en relativa igualdad o semejanza de condiciones; en los casos de violencia el agresor se nutre y se fortalece de la debilidad y el miedo de su víctima. Así de dramático y así de real.

En los casos de violencia permanente o intermitente a través de cierto tiempo, así como el triste caso de Hanalí Huaycho que conocimos en el año 2013, la agresividad comienza por situaciones de crítica y desvalorización que van en aumento hasta que se convierten en insultos y pequeños empujones “sin querer” que poco a poco pasan de moretones a heridas y muerte; el motor de estos agresores son las repetidas e imprudentes aceptaciones de perdón de sus víctimas quienes los vuelven a recibir en sus vidas y en sus casas creyendo que esta vez de verdad “sí lo siente y va a cambiar”. Los casos de ataques únicos, contundentes y sanguinarios como el lamentable e inhumano ataque a Sophia Calvo son conducidos ya sea por problemas psicológicos, efectos de alcohol o drogas o simplemente la carencia de sensibilidad humana y se fomenta en la cobardía de utilizar el factor sorpresa para el ataque y en aprovecharse de la natural mayor fuerza que caracteriza al sexo masculino. Pero de ambas situaciones la raíz es la concepción ideológica de que la mujer es inferior, débil e indigna de respeto, por lo cual el agresor cree que está permitido que aplique sobre su víctima castigos sexuales (violación), físicos (moretones, hematomas, cortes), psicológicos (insultos, degradación), sociales (discriminación, negación de un puesto de trabajo) y materiales (daño a las pertenencias de una mujer, robo).

Se ha convertido en importante tema de debate para el gobierno, los partidos políticos y para la mayor parte de los ciudadanos la necesidad de crear y aplicar nuevas reglas para penar a quienes infringen violencia sobre las mujeres. En definitiva, la cadena perpetua y  la creación de alguna prisión de máxima seguridad en el país ayudarían mucho a castigar contundentemente a los asesinos y “asustar” a quienes recién están dando sus primeros pasos como verdugos por las oscuras sendas de la violencia.

Pero además debemos buscar cómo prevenirlo, y esto no es promoviendo ingenuamente ciertos tipos de vestimenta o conducta femenina, sino entrando en conciencia de que este es un problema que radica en aspectos culturales e ideológicos, que se puede observar en cómo llevamos a la mujer a calidad de objeto, de deseo, pero objeto al fin y al cabo (por favor ver cualquier propaganda de cerveza, pintura o mobiliario de cuero), cómo la masculinidad es representada por capacidades para poder aplicar violencia sobre otros para mostrar su superioridad, y cómo la sociedad le hace culto a la relación sexual violenta donde el hombre reduce a la mujer en similitud con el coito animal donde el hombre engrandece su ego con la sensación de poder y dominación. Parecerá algo de menor importancia lo que vemos o publicamos en nuestros medios de comunicación pero en base a esta información se construyen valores culturales que nos van a dictar qué está bien y qué está mal, y al existir libertad de prensa, expresión y publicidad depende de cada persona, empresa e institución el sensibilizarse con esta situación y elegir entre vender y satisfacer o ayudar a reeducar a nuestra sociedad.